Si un genio apareciera frente a Fernanda Pérez (46) y le concediera tres deseos, ella no pediría una fortuna, una casa enorme ni viajar por el mundo. Sus aspiraciones son bastante más cercanas. Quiere ser peluquera, tener un esposo que la cuide y volver a encontrarse con su abuela. Le cuesta responder de inmediato. Piensa, guarda silencio y busca las palabras. Pero cuando finalmente consigue decir lo que quiere, sus deseos permiten conocer algo de una historia que no siempre resulta fácil de contar.
Fernanda es una mujer trans y actualmente vive en un Hogar Protegido para Personas con Discapacidad Mental, en Antofagasta. Desde hace aproximadamente un año participa en un programa del Hogar de Cristo y asiste diariamente a un centro diurno, donde comparte con otras personas y participa en distintas actividades.

Quiere ser peluquera, tener un esposo que la cuide y volver a encontrarse con su abuela
Una de las que más disfruta tiene que ver con las manualidades. Hace poco pintó un vaso y todavía recuerda perfectamente cómo lo decoró.
—Lo pinté con puntitos verdes, azules y amarillos —cuenta, mientras intenta explicar cómo quedó su trabajo.
Le gustan los colores, arreglarse y preocuparse de su apariencia. Durante la conversación también habla de su peinado, que se hizo ella misma, y del maquillaje que lleva puesto. Son detalles que le importan y de los que habla con entusiasmo.
—Me gusta mi maquillaje, a toda chica trans le importa cómo se ve —dice.
Y no es casualidad. Si hay algo que a Fernanda le gustaría aprender, es peluquería. Sueña con dedicarse a ese oficio, trabajar y desarrollar una habilidad que le permita construir algo propio. Para ella, la peluquería no es solamente una cuestión de belleza. También representa una oportunidad de trabajar, adquirir nuevas habilidades y ganar autonomía. Después de una vida en la que muchas decisiones dependieron de otras personas, tener un oficio sería una forma de construir su propio camino.

Si hay algo que a Fernanda le gustaría aprender, es peluquería. Sueña con dedicarse a ese oficio, trabajar y desarrollar una habilidad que le permita construir algo propio.
La vida de Fernanda cambió profundamente tras la muerte de su madre. Ella había sido una de las personas más importantes de su historia, alguien que, según recuerda, la quiso y aceptó tal como era. Cuando habla de ese vínculo, encuentra una de las frases más claras y sentidas de toda la conversación:
—Lo más sano que uno puede tener es la mamá. De ahí para abajo más que de ahí para arriba.
Su madre era una figura de cariño y protección. Al preguntarle si la había aceptado como Fernanda, su respuesta es inmediata:
—La verdad es que sí.

Fernanda enfrentó el rechazo de parte de su familia debido a su identidad de género
Su fallecimiento significó mucho más que una pérdida afectiva. Fernanda enfrentó el rechazo de parte de su familia debido a su identidad de género. Aunque ella aclara que nunca vivió en situación de calle, eso no significa que haya tenido una vida fácil. Durante un tiempo dependió de la hospitalidad de personas ajenas a su familia, que la acogieron cuando no tenía dónde vivir. Fueron años de precariedad, sin la estabilidad ni la seguridad que cualquier persona necesita.
Hay otra persona que aparece entre sus recuerdos: su abuela.
—Quiero ver a mi abuelita, ella me entendía. Ahora me cuesta hablar, me cuesta hilar ideas, se me confunde todo. Con ella se ordenaba todo. Al final, antes de terminar acá, estuve un tiempo en el Hospital de Antofagasta, ahí se supone que me “estabilizaron” porque me encontraron deambulando confundida.
—No lo recuerdo, ya casi no recuerdo nada.
La esquizofrenia también forma parte de su historia, aunque no siempre le resulta fácil hablar de su salud o reconstruir determinados episodios de su pasado. Hay recuerdos que aparecen entrecortados, preguntas que quedan sin respuesta y momentos en los que le cuesta encontrar las palabras. Pero también hay cosas que tiene absolutamente claras: sabe quién es, qué le gusta y cómo le gustaría que fuera su futuro.
Su llegada al hogar protegido representó un cambio importante en sus condiciones de vida. Cuando se le pregunta cómo la han tratado, no necesita extenderse demasiado.
—Bien. Todo bien, acá no les importa mi nombre —responde.
—La verdad es que sí, es un espacio seguro para ser quién una es. Afuera es peligroso.
Hay un momento de la conversación en que Fernanda sonríe. Ocurre cuando se le pregunta si le gustaría enamorarse. No responde inmediatamente. La sonrisa aparece primero. Más adelante, cuando vuelve a hablar de sus deseos, consigue decirlo con claridad.
—Un esposo —responde.
—Para que me cuide y me mantenga— dice, riendo.

Fernanda sabe quién es, qué le gusta y cómo le gustaría que fuera su futuro.
Cuando se le pregunta por su identidad de género, Fernanda no consigue precisar hace cuántos años comenzó su transición. Las fechas se confunden, pero hay algo que sí tiene claro.
—Yo soy Fernanda —afirma.
—Que se pinten la carita sin miedo.