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Doctor Fernando Monckeberg: “Las demandas incendiarias capotan siempre”

Es Premio Nacional de Ciencias y de Medicina y a los 90 años puede decir con orgullo que cumplió su objetivo profesional: eliminar la desnutrición en Chile. ¿Dejó por eso Chile de ser un país pobre? Aquí responde con calma y cifras.

Es rotundo, irónico y sin pelos en la lengua. Dice que fracasó como marido proveedor; que Angélica, su mujer desde hace 66 años, está regio, porque “sigue fregando como siempre”; que él políticamente es un pragmático y que no le habría gustado ser presidente de la República, cargo para el que estuvo dispuesto a postularse en 1989, pero le faltaron algunas firmas.

Con 90 años, dos premios nacionales -Ciencias Aplicadas en 1998 y Medicina en 2012-, el fundador del Instituto de  Nutrición y Tecnología de los Alimentos de la Universidad de Chile, que ahora lleva su nombre, y presidente de la Corporación de Nutrición Infantil, Conin, Fernando Monckeberg Barros, no cree en las revoluciones para lograr grandes transformaciones sociales. Él consiguió una extraordinaria: en 40 años erradicó la desnutrición en Chile por completo.

¿Cómo lo hizo? ¿A qué se dedica ahora Conin? ¿Dejó Chile la pobreza?

“La población La Legua hoy es Las Condes si la comparamos con lo que era en los años 50, cuando llegué a trabajar como médico en un consultorio parroquial. ¡Chile es otro! Entonces La Legua era un descampado, no había calles. Era sólo una ocupación sitio, sin agua potable, sin alcantarillas, sin luz eléctrica, con casuchas hechas de cartones y tablas donde vivía una población formada por personas que venían del campo. Entonces el 60% de la población sobrevivía en condiciones marginales. El país tenía los peores indicadores de salud de América Latina. Estábamos peor que lo que están hoy los más pobres de Centroamérica. En Santiago apenas el 40% de las casas accedía al agua potable y sólo el 20% estaba conectado al alcantarillado. En síntesís: vivíamos en medio de la caca. Y esas cifras la gente no las conoce y a los políticos no les interesa recordarlas porque les sirve profitar del discurso de la pobreza y la desigualdad”.

¿Eso quiere decir que ya no existe la pobreza en Chile?

No, quiere decir que los problemas son otros, mucho más complejos. Déjame darte algunas cifras. En la década del 50, la expectativa de vida era de 50 años, hoy es de 80; la tasa de fecundidad era de casi 6 hijos nacidos por mujer, hoy es de 1,7; las tasas de mortalidad infantil eran altísimas, más de 160 niños por cada mil morían al nacer, hoy ese número es 7 por cada mil. En el Chile de los años 50, la pediatría era una lucha diaria contra la muerte masiva de niños. Cuando partí trabajando, en el Hospital Arriarán cada día morían unos 15 niños. Eran tantos, que ni siquiera se les hacían autopsias, porque las causas eran sabidas: bronconeumonía, diarrea, todos problemas asociados a la misería y a la desnutrición. Y la tragedia mayor no era que se murieran los niños, sino que los que sobrevivían lo hacían con taras mentales y físicas. Por eso, de cada 100 niños que comenzaban la educación básica, sólo 20 la terminaban. Nuestras investigaciones demostraron que la causa de esa enorme deserción era la incapacidad de aprender por limitaciones intelectuales, consecuencia de la desnutrición.

Frente a la realidad educativa de entonces, ¿cómo le suenan los discursos de quienes hablan de que antes en Chile la educación universitaria era gratuita?

Me dan risa, porque es cierto: yo me formé como médico en la Universidad de Chile sin pagar ni un peso, pero porque formaba parte de una elite. Los que llegábamos a la universidad entonces  éramos el 1,5 por ciento de los jóvenes y había 4 universidades en todo el país. Entonces los que no accedían a la educación eran la mayoría y nadie protestaba porque en un mundo sometido a una miseria total la lucha era por satisfacer las necesidades básicas. Los jóvenes de entonces no podían permitirse el dispendio calórico que significa ir a protestar y a romper semáforos frente a La Moneda como ahora. Y los pocos que tuvimos la suerte de estudiar gratis en la universidad creo por eso que teníamos muy clara la responsabilidad que implicaba ese privilegio.

En 1998, la desnutrición fue oficialmente erradicada en Chile. El doctor Monckeberg hace notar que los que hoy protestan por una educación gratuita y de calidad son los que nacieron después de esa fecha y están perfectamente alimentados. O sea, “los indicadores de salud de hoy son de país rico, pero seguimos siendo un país en vías de desarrollo y las demandas de la población se han vuelto más sofisticadas y complejas de resolver”, sostiene.

La obesidad, tan común en los niños más pobres, es un problema de hoy. ¿Por qué pasamos de raquíticos a obesos? ¿Cuánto de culpa tendrán los gringos y su invento de la comida chatarra?

No culpemos a los gringos, sino a la biología. Cuando yo empecé a estudiar la desnutrición comprobamos en experimentos de laboratorio que cuando subalimentas a una rata y la cruzas con otra también subalimentada, sucesivamente se va reduciendo su talla. Si a la tercera generación de ratas desnutridas la sometes a una alimentación normal, a la sexta generación tendrás ratas obesas. Esto a consecuencia de los genes ahorrativos, que durante generaciones de desnutridos desarrollaron la capacidad de sobrevivencia con lo mínimo. Ese mecanismo se normaliza recién a la tercera generación bien alimentada, que es lo que creo que va a pasar. Obviamente, hay más causas para el fenómeno, pero yo le adjudico un gran peso a los genes ahorrativos, algo impensable en los años 50. En esos años, cuando partimos hablando de combatir la desnutrición, muchos pediatras descalificaban la importancia de la dieta y sostenían que los chilenos éramos chicocos y de piernas cortas, porque nos habíamos mezclado con los mapuches y no había nada que hacer.

¡Qué racista el comentario!

Lo era, y muy clasista también. Con los avances de la biología y la medicina hoy sabemos que la especie humana es una sola, no hay “subespecies”. Todos tenemos el mismo ADN, la misma información genética en unos 20 mil genes semejantes, a excepción de 10 0 12 que determinan leves diferencias. Pero en igualdad de condiciones de alimentacion y sanitarias todos crecemos lo mismo. Un chileno y un sueco. Un blanco y un negro y un amarillo. El genoma humano no tiene raza. Yo sostuve que si los chilenos éramos bien alimentados por varias generaciones debíamos desarrollarnos igual que un europeo, lo que se ha visto confirmado. Los niños chilenos crecieron 10 centímetros en el último siglo y la mayoría de los jóvenes de hoy son más altos que sus padres.

Con la desnutrición bajo control, Conin ha ido cerrando paulatinamente los casi 40 centros que tenía en todo el país. Ahora, el doctor Monckeberg espera que los 7 que quedan pasen a prestar servicio al ministerio de Salud como hospitales pediatricos especializados en patologías graves vinculadas a la nutrición, que al Estado le resultan muy caras de tratar.

¿Va a resultar el proyecto?

Sí, claro. Yo siempre he sido un optimista. Incluso cuando el 30% de los niños pesaba menos de dos kilos al nacer, yo creía que podíamos cambiar esa realidad. Y nunca me lo planteé como algo radical y revolucionario, sino como un trabajo de cada día. Las demandas incendiarias capotan siempre, porque no tienen sentido. Buscar culpables es como masturbarse con los problemas. Hay que asumir la responsabilidad de cada uno y ponerse a trabajar.

¿Nunca pensó en trabajar desde el gobierno?

Los programas a largo plazo no los pueden liderar los políticos. Ellos necesitan mostrar logros en 4 años. Por eso, fui pragmático y trabajé con todos, de izquierda y de derecha, en el combate a la desnutrición. Para hacer cambios trascendentales lo peor es querer ser el gobernante. Es más eficiente inducir los cambios desde fuera. Trabajando, contra viento y marea, para sacar adelante el objetivo.

No por nada así se títula el libro autobiográfico que publicó en 2010 y que tiene una elocuente frase del presidente estadounidense Calvin Coolidge al inicio: “Nada en el mundo puede reemplazar a la persistencia. El talento no la reemplaza: nada es más común que hombres talentosos fracasados. Sólo la persistencia y la determinación son omnipotentes”.

Por Ximena Torres Cautivo

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