Aunque existe una fuerte relación entre abandono escolar y delito adolescente, a quienes trabajan en el tema les complica abordar esta realidad. Sostienen que suma el prejuicio y la estigmatización a niños y jóvenes que cargan con toda suerte de vulnerabilidades. Pero la realidad es porfiada: un reciente estudio indica que mientras menos del 0,5% de los estudiantes comete delitos, esta cifra aumenta a cerca de un 7% entre quienes han abandonado la escuela.
La investigación impulsada por UNESCO revela además que esos delitos ocurren en el mismo período o inmediatamente después del abandono escolar. Esto demuestra que la deserción no solo refleja vulnerabilidades previas, sino que abre una ventana de riesgo inmediata, donde la probabilidad de involucrarse en actividades delictivas aumenta de manera significativa.
En Hora de Conversar invitamos a uno de los dos autores del estudio de UNESCO: el sicólogo Manuel Alcaíno, quien es además experto en estadísticas.

Manuel Alcaíno es psicólogo y experto en estadísticas, Él es uno de los dos investigadores del estudio que vincula con cifras abandono escolar y delito adolescente.
-¿Estigmatizan los resultados del estudio a los jóvenes que abandonan la educación?
-El vínculo que existe entre desvinculación escolar y delito juvenil es algo súper estudiado en la literatura social. Son dos fenómenos que van de la mano. Más investigado aún es cómo entre los delincuentes adultos mayoritariamente existe hay una historia de abandono de la escuela. Yo respondería con otra pregunta: ¿Cuánto aumenta mi probabilidad de cometer un delito penal adolescente al estar fuera del sistema educativo?
—Dos preguntas. La primera: el dato que más me llamó la atención fue la diferencia entre quienes siguen en la escuela y quienes la abandonan. Menos de un 0,5% de los estudiantes matriculados comete delitos, mientras que entre quienes se desvinculan esa cifra sube a cerca de un 7%.
—Exactamente. Cuando observamos ambas trayectorias vemos una diferencia muy importante. Y lo interesante es que no solo existe una correlación, sino también una coincidencia temporal: la mayor parte de los delitos ocurre en el mismo período en que el estudiante abandona la escuela o inmediatamente después.
—O sea, no estamos hablando de algo que ocurra mucho más tarde.
—No. Hay delitos previos a la desvinculación, por supuesto, pero la mayor concentración ocurre durante o después del abandono escolar. Eso coincide con lo que plantea la literatura: cuando un adolescente queda fuera de la escuela pierde un espacio de protección, supervisión y socialización que resulta muy relevante.
El dato es incómodo porque obliga a mirar la deserción escolar desde otro ángulo. No solo como un problema educativo, sino también como un fenómeno que puede tener consecuencias sociales mucho más amplias.

El investigador Manuel Alcaíno ha trabajado ampliamente en temas de educacion y coincide en que la escuela es un espacio protector.
—¿De dónde surge la idea de estudiar este fenómeno y ponerle números?
—Tiene su origen en una iniciativa impulsada durante la pandemia. Yo trabajaba entonces en el Ministerio de Educación y existía una preocupación muy grande por entender qué estaba pasando con los estudiantes que habían desaparecido del sistema escolar. Más tarde, ya desde UNESCO, junto a Raimundo Undurraga, de la Universidad de Chile, evaluamos una estrategia que buscaba justamente identificar a esos estudiantes y apoyar su retorno.
—¿Cómo funciona?
—Chile tiene un sistema de información educativa bastante robusto que permite saber cuándo un estudiante deja un establecimiento. Lo que hizo el Ministerio fue cruzar información y enviar reportes a las escuelas identificando a alumnos que habían salido del sistema y no aparecían matriculados en ningún otro lugar. La señal era simple: este estudiante no está en ninguna escuela, hagan esfuerzos por recuperarlo.
—Suena sencillo.
—Y lo era. Justamente por eso resulta interesante. Era una intervención relativamente barata, basada en información oportuna.
La conversación vuelve una y otra vez a la misma idea: la escuela como espacio protector. En tiempos en que la violencia escolar suele ocupar los titulares, Alcaíno invita a mirar también el riesgo que implica quedar completamente fuera del sistema.
—¿La escuela es un espacio protector?
—Absolutamente. Es cierto que hoy enfrentamos problemas de convivencia y violencia escolar. Pero, dicho eso, el riesgo de estar fuera de la escuela es todavía mayor. Los resultados de nuestro estudio apuntan precisamente en esa dirección.
—Otro dato que tuvo mucha repercusión fue que el 73% de los delitos cometidos por jóvenes desvinculados ocurre inmediatamente después de abandonar la escuela.
—Así es. Ese porcentaje surge porque pudimos identificar el momento exacto en que cada estudiante sale del sistema y observar qué ocurre después. Es uno de los aportes novedosos del estudio. Lo que vemos es que la desvinculación abre una ventana de riesgo inmediata.
—Y eso pone el foco en la prevención. La alerta temprana.
—Exactamente. Mientras antes se intervenga, mejores son los resultados.
Si la desvinculación es una alerta, la pregunta inevitable es cuánto hace el Estado para evitarla y cuánto para recuperar a quienes ya abandonaron.
—¿Dónde está hoy el principal esfuerzo: en prevenir o en reinsertar?
—Hay iniciativas en ambas líneas, pero el desafío sigue siendo enorme. Existen sistemas de alerta temprana y programas como Chile Presente, que buscan identificar estudiantes en riesgo y apoyar su continuidad educativa. Sin embargo, todavía queda mucho por hacer.
—Recuperar a un estudiante que ya salió es mucho más difícil que preocuparse de que permanezca dentro.
—Y mucho más costoso. Costoso económicamente y también socialmente. Una vez que un adolescente inicia una trayectoria asociada a conductas de riesgo, revertirla requiere esfuerzos mucho mayores.
—¿Quiénes son esos jóvenes? ¿Hay un perfil común?
—Sí. Son estudiantes que, en promedio, presentan más dificultades académicas, menores niveles de asistencia y una mayor concentración en contextos de vulnerabilidad. También observamos una mayor presencia de hombres y de estudiantes migrantes.
—¿Y la edad?
—Nosotros para el estudio trabajamos con jóvenes entre 14 y 17 años, que es el rango cubierto por la Ley de Responsabilidad Penal Adolescente. La desvinculación se concentra principalmente en enseñanza media.
Alcaíno evita las caricaturas. Insiste en que detrás de cada dato hay trayectorias personales complejas. Pero también sostiene que ignorar las cifras sería un error.
—¿Qué debería hacer la autoridad a partir de estos resultados?
—Una de las lecciones más claras es que las escuelas reaccionan cuando reciben información útil y a tiempo. Cuando los directores saben qué estudiantes están en riesgo o han abandonado el sistema, activan redes, llaman a las familias y realizan gestiones concretas.
—O sea, la información sirve.
—Sirve mucho. Nosotros vimos que cerca del 80 por ciento de los directores utilizó los reportes enviados por el Ministerio de Educación. Y comprobamos que esa reacción aumentó la revinculación escolar y redujo ciertos delitos adolescentes, especialmente los menos graves.
—¿Delitos como cuáles?
—Hurtos, ingresos a lugares no habitados y otros delitos no violentos. Porque tampoco estamos diciendo que la escuela vaya a resolver fenómenos complejos como el narcotráfico o los homicidios. Pero sí puede cumplir un rol preventivo muy importante.
Hacia el final de la conversación, el investigador vuelve a un punto que considera central: la necesidad de que las distintas instituciones del Estado compartan información y trabajen coordinadamente.

Graduación de cuartos medios en Colegio Betania de Súmate. Un total de 61 alumnos correspondientes a la jornada de la mañana, recibieron su título de egresados de enseñanza media. Un logro que no es trivial y que los aleja de conductas de riesgo, como indica Manuel Alcaíno. BLACKOUT.
—¿Esperas que este estudio tenga impacto en las políticas públicas?
—Espero que sí. Hay enormes cantidades de información disponibles en distintas instituciones públicas que todavía dialogan muy poco entre sí. Si queremos avanzar en prevención, educación, seguridad y desarrollo social tienen que conversar más.
—Porque los datos ya existen.
—Exactamente. El desafío es utilizarlos mejor para comprender los procesos y actuar antes de que los problemas se vuelvan más graves -concluye Manuel Alcaíno.