Callcenter: 600 570 8000Hogar de Cristo 3812, Estación Central, Santiago
Donar

Ema Reynoso: “Comer de la basura ya no te da vergüenza”

Tras 12 años en situación de calle, marcados por el hambre, la culpa y un duro aprendizaje, Ema Reynoso reconstruye su vida desde un espacio donde “hay amor y disciplina”. Su relato es una cruda radiografía del dolor que ha vivido, pero también una poderosa declaración de fe y esperanza.
Por María Teresa Villafrade Foncea
Junio 23, 2026

Ema Solange Reynoso García (46) tiene tres hijos -de 28, 26 y 8 años- y una historia que cuenta sin pausa ni emoción. Su vida estuvo marcada durante más de una década por la calle, por decisiones que hoy mira con total honestidad.

“Lo más doloroso de estar en la calle es ver a la gente enferma con los vicios… y pagar las consecuencias de nuestras propias malas decisiones”, declara, sin rodeos.

Cristiana evangélica desde hace 16 años, Ema no evade responsabilidades. Al contrario, se detiene en ellas. “Me enseñaron que los únicos culpables de lo que nos pasa somos nosotros mismos… y hay que reconocer que una se equivocó”.

Su relato no busca justificar, sino comprender. Y en ese ejercicio, construye una narrativa profundamente humana: errores, caídas, pero también aprendizaje y una búsqueda constante de redención.

MATERNIDAD EN SITUACIÓN DE CALLE

El nacimiento de su hijo menor llegó en medio de uno de los momentos más complejos de su vida. “Fue muy lindo y a la vez vergonzoso”, recuerda. “Yo desobedecía a Dios y pagué las consecuencias. Con dolor, con vergüenza”.

Ema estaba en situación de calle y en una relación marcada por el consumo problemático de pasta base. “Me enconyugué  (sic) con un varón enfermito con el vicio de la pasta base… y sufrí las consecuencias”.

El embarazo no solo significó esperanza, también expuso con crudeza la precariedad de su entorno: hambre, inseguridad y soledad.

Ema encontró en Jesucristo su salvador. En la capilla de la Hospedería Santa Francisca Romana se reza todas las mañanas.

“Hacer casas en la calle, los ‘rucos’, es inseguro… en la noche pueden pasar tantas cosas”, explica. “Los vicios distorsionan la mente y él me dejaba sola, se me perdía y yo quedaba totalmente expuesta”.

Evita entregar más detalles de esa experiencia terrible de estar embarazada y en situación de calle. Parece un recuerdo que a toda costa quiere olvidar.

EL RECICLAJE NUESTRO DE CADA DÍA

Durante 12 años, “sumando y restando”, como dice ella, Ema vivió en la calle. Su relato describe un cotidiano que mezcla estrategia, intuición y adaptación extrema.

“El vivir en la calle es como una guerra… todos los días hay que hacer plata con el reciclaje”. Aprendió a identificar metales, rutas y horarios. Memorizó puntos dónde vender lo que recolectaba y dónde encontrar comida.

“Me memoricé todos los puntos de reciclaje… los que pagan más, los que pagan menos, de día y de noche”.

Pero la supervivencia muchas veces no alcanza:

“Si no encuentras, recoges comida de la basura… y ya no te da lo mismo, ya no te da vergüenza, porque es lo único que tienes para sobrevivir”.

Con total naturalidad, describe: “Sabes lo que está fresco, huele bien… y confías: ‘Esto está limpio en el nombre de Cristo’”.

LOS BAÑOS DE LAS URGENCIAS

Ema también atravesó problemas de consumo.

“Le hice a todos los vicios y tuve adicción a la pasta base. Es terrible porque no te das cuenta, te ciegas”, relata.

Describe la adicción como un círculo que absorbe toda prioridad:

“Cuando hay dinero, lo primero que piensas es en el vicio”.

Hoy, sin embargo, no quiere juzgar a nadie y siente compasión por quienes no han logrado salir como ella de este círculo mortal: “No los juzgo… me dan pena, misericordia”, dice al hablar de otras personas que aún viven esa realidad.

Y también desde la fe: una espiritualidad que aparece como sostén en medio del dolor.

“Recuerdo que peléabamos con los guardias. Era terrible, era muy triste, peleábamos con los guardias porque nos demorábamos en los baños de las urgencias. Yo peleé terrible, así discutí una discusión fuerte y yo como soy canuta hace 16 años, cristiana evangélica, los confrontaba con la Biblia”.

BAJÓ 24 KILOS Y TOCÓ FONDO

Hubo un momento clave, un quiebre.

Ema lo reconoce como haber tocado fondo.

Dos hechos marcaron ese período: la enfermedad de su padre —diagnosticado con Alzheimer en 2024— y su propio deterioro físico.

“Bajé 24 kilos en la calle… cuatro tallas”.

Pero también hubo decisiones que hoy revisa con dureza:

“Tomé una decisión absurda, inmadura… no quise hacer los trámites para la casa”.

El arrepentimiento es claro:

“¿Por qué hice esto? Si yo misma podría haber acogido a otras personas”.

Sin embargo, esa reflexión también abre una posibilidad: reconocer la caída como punto de inicio para reconstruir.

“Yo me cansé de este camino”, dice.

CULPA, AMOR Y REPARACIÓN

Hablar de sus hijos es entrar en una zona sensible. Ema reconoce vínculos intermitentes, marcados por la vergüenza y las condiciones materiales.

“Me avergüenza ir con las manos vacías a ver a mi hijo menor que una hermana mía cuida y a quien debo pagarle la pensión… siento que no le estoy dando nada”, confiesa.

Su sonrisa refleja el momento presente: cobijada y con ganas de salir adelante.

Pero también emerge una conciencia distinta:

“Creo que el amor de la madre es importante… y quiero corregir eso”.

Con su hijo de 26 años mantiene un vínculo más cercano. Con su hija mayor, un contacto incipiente. Y con el menor, una distancia que le duele profundamente.

“Cada fin de semana que pasa es doloroso”, reconoce, pero trata de no caer en la culpa. Prefiere mirar con optimismo el futuro.

TRABAJO Y DIGNIDAD EN LO COTIDIANO

Ema trabajó desde joven en distintos oficios: vendiendo golosinas en la micro, como asesora del hogar y en limpieza.

“Me encanta limpiar… soy feliz dejando un lugar brillante”.

Recuerda con orgullo haber barrido hasta 45 buses diarios de la línea 406 E en un terminal del transporte público. Y hoy, su mayor anhelo es retomar esa estabilidad:

“Cualquier trabajo para mí es lindo. Soy educada, soy respetuosa porque eso también te lo enseñan en la iglesia. Yo estudié hasta segundo medio porque soy malísima para las matemáticas. Estudié siete veces el primero y segundo medio adulto y al final terminé haciendo el cuarto medio laboral”.

UN PRESENTE CON CONTENCIÓN

Hoy, vive en un espacio de acompañamiento donde comienza a reconstruir su vida. En la hospedería de mujeres Santa Francisca Romana, en el barrio Recoleta, ha podido sanar y sentir más claramente que debe seguir luchando:

“Este lugar tiene amor y disciplina”.

Valora el aprendizaje compartido entre quienes acompañan y quienes son acompañadas:

“Todos estamos aprendiendo cómo hacerlo mejor”.

Es un cambio profundo respecto de la lógica de supervivencia de la calle. Aquí, dice, hay algo distinto: cuidado y posibilidad. Hay madres con sus hijos, la casa está llena de actividad y de risas. Pero también hay momentos tensos, como cuando una de las residentes se desmayó y debió ser llevada de urgencia al servicio médico.

“Ella es la mamá de dos pequeñitos”, aclara Ema, preocupada.

A lo largo de su relato, la fe atraviesa cada experiencia.

“Creo que no le podemos robar la gloria a Dios… todo el agradecimiento es para él”.

Ema también habla de sus dones, de las visiones que dice haber recibido, y de cómo eso la ayudó a resistir: “Me vi en un hoyo del que solo Dios podía sacarme”.

Hoy, esa imagen parece transformarse. No como un final cerrado, sino como un proceso en curso.

La historia de Ema no es solo personal. Es el reflejo de realidades que siguen existiendo en nuestras ciudades: pobreza extrema, consumo problemático, vínculos frágiles y falta de oportunidades. Son más de 40 mil personas en todo Chile que padecen esta cruda forma de vivir en la calle.

El vivir en la calle te prepara… como si estuvieras en una guerra”, dice.