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María Eliana y el Biobío que se ha llorado entero

Este no es solo un relato de pobreza o desastre. Es un retrato de trauma crónico y resiliencia al mismo tiempo. Y deja claro algo incómodo: la ayuda material es necesaria, pero insuficiente. Sin apoyo psicológico serio y sostenido, personas como María Eliana y Ana quedan atrapadas en el dolor, aunque tengan techo de nuevo
Por Ximena Torres Cautivo
Abril 13, 2026

—Mi casa de antes era más larga. Tenía tres dormitorios y una muy linda cocina americana, integrada. Eso lo había arreglado Sergio, mi hijo. Porque para el terremoto y tsunami de 2010 también perdí mi casa. ¡Ay, qué triste! Todos hemos perdido casas por aquí.

A María Eliana Sepúlveda (72) la encontramos en la vivienda de emergencia que está justo al lado de la de Ana, su hija, quien anda en el plano de Lirquén haciendo trámites. María vive con Sergio, su hijo menor, que no se asoma. Es soltero y está sin empleo, pero no para de trabajar en las terminaciones de la casa que comparte con su madre. Lo oímos martillar, moverse en la habitación contigua, pero no se muestra. Aunque por lo que vemos, es un maestro de construcción avezado.

 

María Eliana Sepúlveda nos recibe en su casa. Después del incendio, cuando su anterior vivienda se quemó, estuvo en casa de un hijo, en el hospital y al amparo de unas amistades.

No nos resultó sencillo encontrar el domicilio de Ana por las escaleras de los intrincados pasajes de esta población. Acá las personas y las cosas suben a pie. A pulso se carga el material para la reconstrucción, como nos cuenta una vecina con la que conversamos por el camino.

“Mis hermanas y yo subimos los sacos de cemento, los fierros, las planchas de internit… Una tarea súper dura. ¡Imagínate el terror con la fuerte lluvia que cayó el fin de semana! El agua amenazó con arruinar todos esos materiales que nos costó tanto comprar y traer hasta acá, a puro pulso”.

Por el camino, que debemos deshacer varias veces, vemos a mujeres y hombres cargando toda suerte de insumos para ganarle al invierno y recuperar las viviendas quemadas. Están las construcciones perdidas, los sitios eriazos limpios y un sinnúmero de casas levantadas con premura. Junto con las de Senapred y las de Techo, se levanta una diversidad de modelos que son fruto de la autoconstrucción, como ésta, la que levantó el hijo menor para su mamá. Tiene un generoso ventanal que mira al mar. Una vista preciosa del puerto, y es ahí donde conversamos con María Eliana.

LA LLORONA

—Me lo he llorado todo. El incendio me puso llorona, llorona. Mi otro hijo me llevó a su casa cuando se quemó la mía. Él vive abajo, cerca de Carabineros. Trabaja en el puerto de Lirquén y tiene a su señora y dos hijos. Estuve en la casa de ellos, pero no me sentía cómoda y lloraba todo el rato. Él y mi nuera me retaban porque lloraba tanto.

María Eliana Sepúlveda tiene de fondo la vista del puerto de Lirquén. Esta es segunda vivienda de emergencia que levanta. Segunda vez que reconstruye y se reconstruye. Fanny Arriagada, del Hogar de Cristo, es parte del equipo de Primera Respuesta que acompaña a Ana, su hija, que vive al lado.

Cuenta que no aguantó más, juntó lo poco que tenía y le avisó a su hijo menor que la fuera a esperar a la entrada de la población. Ana, su hija, que estaba construyendo su casa al lado, la vio tan mal al llegar que le contó a una amiga.

—Ella dijo: “Yo voy a alojar a tu viejita”. Y me tuvo en su casa como a una reina. Me atendía como a una guagua. Me daba desayuno en la cama y me despertaba con un beso todas las mañanas. Y yo puro lloraba, no de malagradecida, sino porque echaba de menos mi casa, mi espacio. Mi hijo ya había levantado nuestra casita y yo quería volver a estar en lo mío. No quería seguir molestando a nadie.

En su casa, las lágrimas seguían cayendo. María Eliana se lloró todo un río, como dice la canción. El Biobío entero. “La gente no sabe lo que es quedarse sin casa. No una, sino dos veces”, explica.

También cuenta que pasó además un tiempo hospitalizada después de que se quemara su casa en enero. “Me dio una infección en el pie. Yo sufro de gota. Este pie se me puso morado, se inflamó. Ana, mi hija, me llevó al hospital, a la urgencia, y la doctora dijo: ‘La señora se queda aquí, hospitalizada’. Estuve ahí como seis días”.

—Llorando… —le decimos, en broma.

Se ríe, pero es evidente que su procesión va por dentro. Es obvio. María Eliana necesita terapia psicológica y tratamiento antidepresivo.

UNA PENA DENSA Y PEGAJOSA

Ese tipo de necesidades son algunas de las que detecta y busca resolver el sistema de Primera Respuesta. En este caso, la beneficiaria del Hogar de Cristo es Ana, la hija de María Eliana, que vive en la casa del lado y es cuidadora de su marido, quien tiene discapacidad visual, sensorial y auditiva grave.

—Ahí viene la hija —comenta María Eliana.

Ana Coloma Sepúlveda (52) está viviendo de allegada abajo, en la casa de unos parientes, en el plano de Lirquén. Ella y su marido deben pagar por los servicios que ocupan, mientras esperan poder volver a su casa. Faltan algunos detalles para que él esté cómodo y seguro. “Desde 2003, mi marido cuenta con pensión de invalidez, aunque ha ido empeorando. Ahora mismo tiene glaucoma en avance y un diagnóstico de Alzheimer en grado 1”.

El hijo de ambos vive en Talcahuano, mientras ellos se las arreglan acá, en Lirquén, al lado de su madre.

Ana confiesa que ella sí está en tratamiento por depresión.

 

Ana Coloma, hija y vecina de María Eliana Sepúlveda sí reconoce que está cansada y que debe tratarse la depresión. Su marido padece un Alzheimer de grado 1 y discapacidades diversas.

“Si no, no podría hacer todo lo que hago. Es tremendo vivir al día, estirando los pesos para llegar a fin de mes. Me las arreglo para que alimentemos bien, pero 250 mil pesos no es nada para mantener a dos personas, una con graves problemas de salud”, afirma.

Con su perrita en la falda, se ve contenta, pero, de nuevo, decimos que la procesión va por dentro.

Ana, su madre, jubiló como empleada municipal. “Entré a la municipalidad desmalezando en los parques, en las plazas. Entré a esos programas ProEmpleo que desarrollaban los municipios, pero al final me contrataron”.

Sin drama, sin aspavientos, cuenta que quedó viuda muy joven, con cuatro niños a su cargo: dos hombres y dos mujeres. “Aunque a una me la crio una señora y nunca vivió conmigo. A Ana la conocen. El menor tenía tres años entonces, cuando mi marido decidió suicidarse. Lo hizo por desesperación, por falta de pega”, explica, sin ningún dramatismo, una situación de una dureza feroz.

Así, uno entiende la pena densa y pegajosa que se respira en esta casa. Y admira la capacidad de salir adelante, de aceptar ayuda, pero manteniendo la autonomía.

Ana en la puerta de su nueva casa. Aún no logra trasladar a su marido, porque faltan terminaciones y servicios, detalles clave para alguien con su discapacidad.

María Eliana y, sobre todo, Ana agradecen el apoyo del servicio de Primera Respuesta del Hogar de Cristo.

—A veces la ayuda viene de donde uno menos la imagina: de instituciones como ustedes, de gente desconocida, de personas que perciben la necesidad humana y actúan en consecuencia. Eso no pasa muchas veces ni siquiera con la propia familia —afirma Ana, quien tiene un dolor enorme en el alma. Una herida que no se resuelve solo con pastillas.