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En el día del padre: “Díganle a mi niña que la quiero”

Miguel Ángel era un español en situación de calle que permanecía en Chile sólo para no perder la proximidad con su hija, mientras batallaba contra la exclusión, la enfermedad y el alcohol. Falleció dos meses después de entrevistarlo, la muerte le llegó en una noche profundamente oscura; no había nadie a su lado.

Por Matías Concha

-Hace poco se desvaneció en el supermercado, como tiene diabetes le baja el azúcar y empieza con convulsiones -nos contó Freddy Navarrete, monitor social del Hogar de Cristo, quien lidera el grupo de voluntarios que recorren las noches buscando a los más excluidos.

Eso fue en marzo, cuando recorríamos sectores perdidos de la comuna de Independencia, cerca de la avenida Vivaceta, en los alrededores del Hipódromo Chile. Detrás de los cartones, en un rincón, vivía Miguel Ángel (51), un madrileño que se sorprendió al encontrarse con Celestino Aós, el entonces recién nombrado arzobispo de Santiago. “En hora buena, yo vengo de Madrid”, le dijo a su connacional y replicó: “Pero aún no puedo irme, no mientras mi hija esté acá”. Así empezó la conversación sentados en la cuneta Miguel Ángel, Celestino y el capellán José Yuraszeck, del Hogar de Cristo.

«Ay, cuánta lucha, cuántas angustias, coño», musitaba Miguel Ángel, antes de contar su historia y explicar por qué estaba sangrando: “Desperté empapado en mi propia sangre. Y los guardias me echaron del supermercado, quizás llevaba mucho tiempo planchando la oreja en el piso. ¿Sabe usted que me han ofrecido pasajes en avión para irme a España?”, sostiene.

-¿Y por qué no te has ido?-preguntó Celestino.

-Porque es mejor olvidar para poder sobrevivir- responde.

“Pero usted recuerda siempre a su hija”, interviene Freddy. Entonces la mirada cansada de Miguel Ángel se enciende: “Ella vive acá, por eso no puedo irme, quizás nos topemos algún día”.

Después se levanta, tambalea, da un paso y se pierde en la noche.

Miguel Ángel, un español que vivía excluido en un rincón de Independencia, a cientos de miles de kilómetros de su tierra natal. Un hombre que además de ser adicto al alcohol, sufría de diabetes, hemorragias digestivas y pérdidas de memoria. Muy volátil, el consumo deterioró considerablemente su salud física y mental. Los voluntarios de Hogar de Cristo intentaron sin éxito que se sumara a un centro de rehabilitación. “Yo no me muevo de acá, no me voy de Chile hasta encontrarme con mi hija”, repetía en nuestro encuentro. Y advertía: “Por favor, no le cuenten cómo estoy a mi hija”.

Quizá nunca sepamos qué sucedió entre ellos. Pero nada hay de extraordinario en eso; es casi demasiado cotidiano. En la actualidad se estima que más de 15 mil personas en Chile viven en situación de calle, al menos a esa cantidad atendió el Hogar de Cristo en 2018. Si bien la información entregada por el Segundo Catastro de Personas en Situación de Calle está desactualizado, sus resultados no han variado mayormente en términos proporcionales: así, un 37% de las personas catastradas indica como causante de su situación los problemas familiares.

Cuando nos alejamos del ruido, la exclusión, los problemas y las aguas estancadas, Freddy explica que durante años han intentado ubicar a la hija de Miguel Ángel, pero es como si no hubiera existido. Esa noche nos despedimos de él, sin saber que sería la última vez que lo veríamos con vida. Un mes después, en el hospital San José, cuando su respiración era ya intermitente, Miguel Ángel alcanzó a decir esta frase apenas articulada: “Díganle a mi niña que la quiero”.

Falleció poco tiempo después, producto de una hemorragia en el tracto digestivo que lo dejó sin conocimiento. La muerte le llegó en una noche profundamente oscura; no había nadie a su lado.

 

 

 

 

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