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Hermana Amanda:

“Varias veces casi me he caído”

Hace más de 20 años, a la asesora adjunta de la Fundación Esperanza Nuestra le pasó un bus por encima. Literal. La dejó parapléjica y desde ese día Dios le dio una nueva misión: apoyar y acompañar a miles de personas que, como ella, viven desde la discapacidad física. “En Chile aún hay un grado de discriminación hacia nosotros”, dice. Aquí te contamos de ella y de la organización donde colabora.

Por María Luisa Galán

El 8 de junio de 2000 la hermana Amanda (65) junto a un grupo de feligreses peregrinaba por Alto Jahuel, localidad cordillerana de Buin, llevando a la Virgen del Santísimo Sacramento para “animar la fe y la vida eclesial”. Eso, hasta que los arrolló un bus. Cinco personas fallecieron y veinte quedaron heridas; dos graves. Una fue ella. Pero Dios le tenía una misión, otra más, aún con la paraplejia con la que quedó como resultado del accidente. Luego de un año de recuperación llegó a trabajar a la Fundación Esperanza Nuestra, donde hoy es asesora nacional adjunta.

Esperanza Nuestra es una organización sin fines de lucro creada en 1970 por el sacerdote jesuita italiano y discapacitado, Aldo Giachi. Su misión es contribuir a lograr el desarrollo integral de las personas con discapacidad física, dando preferencia a aquellas en situación de mayor pobreza, para facilitar su reinserción en la familia y la sociedad. Sus áreas de acción son rehabilitación, a través de un centro especializado ubicado en Maipú; apoyo habitacional, para personas con discapacidad física autovalentes que no tienen hogar; y promoción humana e integración, que a través del Movimiento Cristiano de Personas con Discapacidad, aglutina a 30 grupos a nivel nacional. En esta área trabaja la hermana Amanda.

Hermana Margarita. Asesora adjunta Fundación Esperanza Nuestra

Hermana Amanda. Asesora adjunta Fundación Esperanza Nuestra

“Es una gracia de Dios que uno no pierda la fe, porque uno podría cuestionar: ¿por qué si trabajo para ti y mis hermanos permitiste esto? Pero no he tenido esas crisis de fe. Sí han sido nuevos desafíos: aprender a rearmar la vida. Antes del accidente, caminaba como ustedes y después fue empezar a vivir en una silla de ruedas, enfrentándome a dificultades que todos los discapacitados viven. Por ejemplo, la accesibilidad universal que es muy mala en nuestro país. Todas esas cosas las he tenido que ir enfrentando y me han hecho más fuerte. Uno aprende a valorar lo que se tiene”, cuenta la hermana Amanda, quien antes del accidente se desempeñó en diversas parroquias en Santiago.

Hoy, su rol en Esperanza Nuestra es trabajar codo a codo junto al capellán de la fundación, coordinar la pastoral, las jornadas de formación para los responsables de los grupos de Santiago, retiros y talleres de la Biblia.

-Las personas que arriban a Esperanza Nuestra, ¿llegan sin fe?

-No es que lleguen sin fe, la mayoría tiene una discapacidad de nacimiento. Son la minoría los que han adquirido una discapacidad por un accidente cerebro vascular, diabetes u otra causa. Son personas, como la mayoría de los católicos, que no han practicado su fe. No tienen una experiencia de iglesia, por ejemplo, que además de vivir la fe tienes que compartirla con la comunidad. Dios no nos creó solos, sino en comunidad. Esa es la realidad de nuestra gente que es como el común de los cristianos y católicos en Chile que tienen una fe muy infantil. Creen que piden algo y Dios te lo tiene que conceder al tiro. Otros son como niños rebeldes, que por qué Dios me hace esto. Con ellos me ha pasado muchas veces, los que han sido amputados por diabetes, por ejemplo, que cuestionan por qué a mí me pasó esto, por qué tengo que ser yo y no otro. Y a Dios. Pero es por una fe un poco inmadura e infantil. Veo que lo que pasa en Chile es que las familias ya no cultivan el orar juntos, ir a misa. Ya no se da tanto. En eso también influye la experiencia personal de fe. En el Movimiento veo esa apatía en cuestiones de fe.

Centro de Rehabilitación de Esperanza Nuestra

Centro de Rehabilitación de Esperanza Nuestra

-¿A qué cree que se debe esta apatía?

-Tiene que ver con que la familia no transmite la fe como nuestros antepasados; que nos transmitían el ir a misa, el rosario, el Mes de María, vivir la Semana Santa como lo transmite la iglesia. La crisis de fe que está viviendo nuestra sociedad está ahí, porque si no les transmito a mis hijos mi fe, no la van a tomar ni se van a alimentar de eso. Todo ser humano tiene necesidad de Dios y si no la tienen, la buscan en otros lados. La raíz de esa apatía y la indiferencia por las cosas de Dios, está en la familia.

No hay baño

De acuerdo al Segundo Estudio Nacional de Discapacidad realizado en 2015, el 17% de la población en Chile tiene discapacidad. Cifra que se estima ha aumentado en estos seis años, aunque no existe sin información oficial.  Además, según esta investigación, el 50% de estas personas pertenecen a los dos quintiles más pobres. Otro dato, de acuerdo a la Fundación Contrabajo, “desde que comenzó a regir la Ley de Inclusión Laboral en abril de 2018, a febrero de 2021 se registraron sólo 26.475 personas con discapacidad contratadas; es decir, 1,01% del total en edad de trabajar”.

La Hermana Amanda nació en San Miguel, pero a los cinco años su familia compró casa en Puente Alto, cerca de la congregación Hermanas Misioneras del Santísimo Redentor a la que se uniría casi 20 años después. Dice que siempre tuvo la inquietud de ser religiosa, aunque tuvo pololos. “Fue una lucha con el Señor. Personalmente, le digo al Señor que él me conquistó porque me quería casar. Tuve pololos como toda chiquilla joven. No fui muy polola, pero tuve. Pero me veía como esposa, mamá, entregada a mi familia. Sin embargo, había algo dentro de mí que me tiraba, que no me dejaba tranquila. Participaba siempre en mi parroquia, en Infancia Misionera, en la Pastoral Juvenil, en la Legión de María. Cuando le dije que sí al Señor, me vino una paz y un estar contenta. Es lo mismo que cuando te casas enamorada. Tenía 26 años cuando entré a la congregación”, cuenta.

La Hermana Amanda, en el centro, en una de las actividades del Movimiento durante el 2019. Fuente: Facebook Centro Esperanza Nuestra.

La Hermana Amanda, en el centro, en una de las actividades del Movimiento durante el 2019. Fuente: Facebook Centro Esperanza Nuestra.

Agrega: “La casa madre estaba en Puente Alto, por donde yo vivía. El señor me llevó para allá. Y me crié con religiosas. Estudié con las hermanas de la Compañía de María, en el Buen Pastor, vivía en ese ambiente. Pero no quería ser educadora, como es el carisma de esas congregaciones. Quería algo con más contacto con la gente y el señor me llevó para allá. Y dije aquí me quedo. Me gusta estar donde la gente te necesita, compartiendo la fe enraizada en la vida de todos los días”.

-¿Hay discriminación hacia las personas con discapacidad?

-En el mundo de la discapacidad es muy complicado que nuestra gente pueda insertarse en el mundo laboral o social. En Chile aún hay un grado de discriminación hacia el mundo de la discapacidad. Con la ayuda de la Teletón, eso ha ido cambiando un poco, pero aún queda mucho para que el discapacitado se pueda sentir integrado en la vida social y en la vida eclesial. Me pasó que cuando iba a misa a mi parroquia no tenía acceso. Me tenían que tomar entre dos para subir las escaleras y entrar al templo. Lo mismo con otras personas, que más encima eran adultos mayores. Si tengo que ir al baño, no hay baño para mí. Muchas parroquias en Santiago no tienen accesibilidad ni baño. En la parroquia donde he estado lo he dicho, que tienen que preocuparse del mundo de la discapacidad porque es complicado que me tengan que tomar entre tres hombres para poder entrar al templo. Y muchos discapacitados me dicen que no van a misa porque hay escaleras muy altas y no hay baño.

Y la lista de dificultades urbanas para las personas en silla de ruedas u otro tipo de discapacidad física en Chile, suma y sigue. Las subidas y bajadas de las veredas, es una de ellas. “Varias veces casi me he caído”, confiesa la Hermana Amanda. Lo bueno es que ha habido progresos, pocos, pero peor es nada. Como la mencionada Ley de Inclusión Laboral y el apoyo que entrega Senadis, como la opción de postular a una silla de ruedas eléctrica, entre otros.

“Teniendo 65 años y aun andando en silla de ruedas, siento que tengo mucha fuerza, energía y deseos de hacer cosas, de seguir hasta que el Señor me tenga aquí, porque él nos tiene aquí para cumplir una misión. Para mucha gente tener un accidente significa que la vida les llegó hasta ahí. Pero no es así. Para mí el modelo era el padre Aldo Giachi que era tetrapléjico y creó la fundación Esperanza Nuestra. Llegando de Italia a Chile, insertándose en unos años en que la sociedad no se basaba en el mundo de la discapacidad. Para mí es un ejemplo de que sí se puede”.


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