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Hospedería San Benito de Rengo:

Los nuevos lazos de confianza que dejó la pandemia

Dieciséis hombres con historias de vida dura, pero con corazones blandos, conviven en este frío rincón de la región de O´Higgins. Gerardo Lira es uno de ellos. Él, junto al jefe del programa, el trabajador social Juan Farías, cuentan cómo el COVID-19 les cambió la vida y la rutina a todos.

Por María Teresa Villafrade

Muy cerca del monasterio de las monjas Benedictinas, se encuentra la hospedería San Benito del Hogar de Cristo en Rengo. Las religiosas crearon y aún financian en parte este programa que acoge a hombres en situación de calle desde su fundación en 1994.

La gran casona cuanta con distintos salones, oficinas, dormitorios, cocina, comedor, baños y un gran patio donde encontramos a Gerardo Lira Espinoza (68) pelando activamente almendras. Una labor en la cual es experto y que aprovecha para generar un ingreso modesto que suma a su pensión de 220 mil pesos.

Cuenta que llegó hace dos años a vivir a Rengo cuando empezó la pandemia. “Yo estaba en la Hospedería de Rancagua, pero a cinco nos trajeron para acá por el tema del aforo, estuvimos ocho meses encerrados”, dice dando cuenta del punto de inflexión que el COVID-19 significó para este modelo de programa del Hogar de Cristo.

El trabajador social a cargo, Juan Farías Paredes (35), explica: “Antes de la pandemia, nuestra atención partía a las seis de la tarde. Entonces comenzaban a llegar las personas que necesitaban alojamiento, ya sea por demanda espontánea o por derivación de la red. Y a las 8 de la mañana todos se retiraban. Sin embargo, en pandemia flexibilizamos y nos adaptamos a lo que es hoy nuestra atención: 24 horas los siete días de la semana”.

Hoy el antiguo modelo de atención ha sido reemplazado por un proceso continuo, sin horario de entrada ni de salida. “La gran mayoría trabaja y sale a hacer sus cosas. La pandemia nos favoreció enormemente porque nos permitió establecer lazos de confianza, reencontrarnos con nosotros mismos y reconocernos como sujetos de derecho, tanto el equipo como los participantes”, agrega.

El trabajador social y jefe de la hospedería, Juan Farías.

Además, al igual que en cualquier hogar, todos hacen sus camas e incluso lavan su ropa, adquiriendo mayor autonomía y muchas veces recuperando hábitos olvidados: “Otro punto favorable que nos dejó la pandemia es que ahora tenemos lavadora y secadora. Ellos no estaban acostumbrados a lavar su ropa, habían perdido ese hábito. Aunque parezca increíble, contar con estos electrodomésticos les dio libertad e independencia en sus procesos”, hace notar el trabajador social.

Gerardo Lira confirma que incluso el encierro durante ocho meses por las cuarentenas les sirvió a todos:

-Nos sirvió para estar más unidos con los compañeros, y llevar una vida mejor. Yo, desgraciadamente, cuando joven estuve mucho tiempo encerrado, no en la cárcel, sino donde trabajaba, en la mineral Andina, en Los Andes, donde a veces estábamos treinta días sin bajar. En esa época  nevaba harto, no como ahora que caen apenas unos cinco centímetros de nieve. Por eso no me gusta el encierro.

Relata que trabajó durante 14 años en la minera, primero en la cocina y, después, a causa de una huelga en la empresa de aseo, en esa labor. “Nosotros ganábamos harta plata, unos 700 mil pesos. La empresa era buena para pagar”.

A Gerardo Lira le gusta estar siempre activo.

Después, trabajó nueve años en la empresa Unifrutti, productora y exportadora de fruta fresca. “Todos los años, nos cortaban el 31 de agosto y volvíamos a trabajar un mes después, estábamos un mes afuera. Eran como vacaciones. El contrato era de once meses, para no hacernos contrato indefinido”, recuerda. Luego, trabajó cuatro años como guardia en ferrocarriles.

Ahora, debido a una delicada operación del estómago, no puede trabajar. Todavía no le dan el alta y tiene prohibido hacer fuerza. Estar en la hospedería día y noche, sin restricciones, es una bendición para él.

PAÑALES PARA UN HIJO AJENO Y DE 40 AÑOS

Al jefe de la hospedería, Juan Farías, le gustaría hacer más por los 16 participantes que están actualmente allí.

-Me gustaría contar con un equipo multidisciplinario para atender las diferentes necesidades de las personas, es algo que hemos querido tener desde siempre, porque el acompañamiento social que hacemos no basta, no es suficiente. Hay necesidades específicas, por ejemplo, la población más joven tienen consumo problemático de sustancias que nosotros no podemos cubrir en un ciento por ciento. Lo que hacemos es derivarlos y buscarles alternativas de atención, las que desgraciadamente son muy escasas.

Asegura que sería ideal que el modelo técnico incluyera apoyo psicológico para poder intervenir con mayor profundidad y eficacia. “Los adultos mayores tienen otras necesidades específicas que nosotros a veces tampoco podemos cubrir sino que tenemos que derivar a la red oportuna. Hemos tenido casos exitosos que pudimos derivar a una residencia de larga estadía o vincularlos a la red de salud.

Gerardo Lira espera ser otro caso exitoso una vez que recupere su salud y pueda volver a arrendar una pieza.

-¿No tiene familia?

-Tengo una hermana y aunque nunca me casé, crié dos hijos de una pareja con la cual  viví 13 años. Ellos me quieren y yo también a ellos. Mi ex pareja me llama todos los días. Cuando la conocí, me dijo altiro que tenía un hijo enfermo, es como los del Pequeño Cottolengo. Él tiene ahora 40 años y de mi pensión le mando plata a ella para le compre pañales. Para mí, ese hijo es mi corazón. Viven en Machalí y, cuando puedo, voy a verlos.

Por ahora se entretiene con los talleres de almendras, cestería, mandalas y de todo lo que surge en la hospedería para entretener a estos hombres con historias de vida dura, pero con corazón blando.

NO MATA EL FRÍO, MATA LA INDIFERENCIA

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