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Jul

2021

Patricio y Gustavo dejaron atrás su situación de calle y hoy son voluntarios del Hogar de Cristo

Un trío virtuoso de voluntarios recorre las calles de Viña del Mar los sábados para hacer la tradicional Ruta Calle. Son una ex trabajadora y dos antiguos usuarios de la hospedería del Hogar de Cristo de Valparaíso, quienes entregan pan, café y mascarillas a las personas que están en calle y que los reciben con los brazos abiertos: se conocen y reconocen en el duro camino que han tenido que vivir.

Por María Teresa Villafrade

“Yo, cuando estaba en calle, me bañaba todos los días”, dice Patricio Alejandro Espinoza Lavín (45), quien ha salido de su trabajo a las 8 de la mañana después de un turno de 12 horas para llegar a la hospedería del Hogar de Cristo de Valparaíso. La conoce bien; vivió allí hasta hace unos meses. Se pone a preparar los sándwiches para la Ruta Calle, la misma que antaño le llevaba a él en su vida bajo los puentes del Marga-Marga: té o café y unos pancitos.

Patricio Espinoza (izquierda) prepara los panes para la ruta.

Patricio se crió en el centro de menores San Francisco de Asís, ubicado en el paradero 47 de Santa Rosa. “Mi mamá me dejó botado a los dos meses, a mi hermano y mi madre los conocí a los 17 años, cuando ya era rebelde y andaba metido en la droga. Yo, al Hogar de Cristo le doy siempre las gracias, porque el padre Hurtado me ha ayudado mucho. Conozco a Benito Baranda, al Palmita, que fue un pelusita que crió el padre Hurtado. Estuve en la antigua hospedería de niños que estaba en la casa matriz de Santiago”, rememora.

Ahora trabaja “apatronao”, según aclara, haciendo aseo en el hospital Gustavo Fricke y ha llevado a varias personas que conoció en la hospedería a trabajar allá. Patricio vive actualmente en una casa compartida de la fundación Moviliza, ubicada en el barrio Miraflores de Viña del Mar.

“Mi meta es juntar platita para comprarme un sitio. Yo estoy ahora en tratamiento de rehabilitación en Paréntesis. No consumo alcohol ni drogas. De niño fui un guata de goma que era como le decían a los que consumíamos neoprén. Me crié en la calle, dormí debajo del puente Loreto del río Mapocho, en Cerro Blanco, Plaza Italia, comí del tarro de la basura, estuve en varios hogares de menores”, agrega.

Patricio Espinoza Lavín, «como el padre Álvaro Lavín», aclara.

-¿No le importa dar a conocer tu historia?

-No, porque mi historia me ha hecho ser fuerte. Mi papá estaba en la cárcel pública cuando yo nací y, al salir en libertad, me fue a rescatar de los hogares de menores. Pero igual yo me le arrancaba, me iba para el centro, ya estaba acostumbrado a tener mi plata, consumía y no quería que nadie me mandara. Mi mamá nunca dio la cara sino su hermana. Mi hermano cayó en la cárcel, yo también coincidí con él. Yo nunca tuve chapa eso sí. La asistente social me dijo quién era mi hermano, lo quedé mirando con un odio tan grande, con rencor, envidia, de todo sentí, me acordaba de todo lo que yo había sufrido, con decirle que en ‘Los pollitos dicen’ del Paseo Ahumada, me iba a agarrar las bolsas que botaban para comer algo, de todo eso me acordé. Con otros amigos le mandé a pegar a mi hermano. Así conocí a mi tía Toya, ella me iba a ver a la cárcel Los Tres Álamos en San Miguel, caí preso por hacer cosas malas, por la plata fácil, para drogarme y tener ropa al gusto de uno. Ahora yo converso con mi mamá, ella vive en Los Morros, San Bernardo.

Se vino al puerto a pasear con unos amigos, de los cuales uno está preso, el otro murió y el tercero se devolvió a Santiago. “Me puse a plumillar, limpiar vidrios en los autos. El centro abierto Don Bosco me abrió las puertas y la hospedería del Hogar de Cristo en Valparaíso. Estuve un año pero con la pandemia y la cuarentena, iba y volvía, me descompensaba, de repente, por culpa de la droga”, confiesa.

IMMUNIDAD CALLEJERA

Patricio termina de preparar los sándwiches y llegan sus compañeros de Ruta Calle: los voluntarios Gustavo Araya Alarcón (44) y la trabajadora social Grace Molina, quien actualmente trabaja en la Secretaría Regional Ministerial como facilitadora comunitaria en socioeducación del COVID-19, apoyando a los vacunatorios y la estrategia de trazabilidad y PCR. Grace trabajó como monitora en Hogar de Cristo hasta el año pasado, pero ha vuelto como voluntaria cada vez que puede, porque siente real vocación por las personas en situación de calle.

“Yo tengo un fuerte vínculo con calle, es la línea que siempre me ha gustado trabajar. Salí el 2018 de la universidad y todo ha sido bien intenso especialmente en pandemia. Las personas de calle estuvieron muy invisibilizadas y en abandono, sin embargo, no han tenido un nivel de contagios considerable. No hay estudios científicos que avalen por qué, más bien hay algunos diagnósticos de dispositivos calle, y casi todos llegan a la misma conclusión: probablemente por el hecho de vivir a la intemperie y el estar en calle se han hecho inmunes al contagio, no están encerrados. Ellos han estado expuestos a climas muy difíciles y han sido segregados socialmente, los evitan, y en el fondo los contagios que ha habido dentro de los dispositivos calle es porque los funcionarios les han llevado el virus. Nunca ha sido contagio de usuario a trabajador, sino al revés”, advierte la trabajadora social.

Patricio Espinoza, Grace Molina y Gustavo Araya en ruta calle.

Gustavo Araya es usuario de la hospedería de Valparaíso. Cuenta que es reservista del ejército como sargento primero, que su abuelo fue suboficial mayor en retiro del Regimiento Maipo y su padre estuvo en Coraceros. “Soy reservista de la escuela de caballería blindada de guerra”, precisa.

Su historia la resume mientras prepara los termos con café. Es muy amigo de Patricio ya que un tío contratista de él le consiguió trabajo en una obra. “La pega se acabó y ahora intentaré entrar al hospital Gustavo Fricke igual que mi amigo Patricio. Mi familia es de Viña del Mar, los veo muy poco, porque ahora estamos enojados. Me da rabia lo que pasó. Mi papá falleció el 2018 y quedamos con un terreno que el otro día fui a ver, ahora una de mis hermanas dice que ella se va a vivir allá y yo no, si estoy en la calle. Estoy viviendo en la hospedería, quiero construir una casita”, dice Gustavo.

-¿Por qué le gusta ser voluntario de ruta calle?

-Es que cuando uno es de calle y ha vivido esa experiencia, en mi caso desde los 15 años, me siento muy comprometido a ayudarlos. A los 40 años consumí droga, una semana y media, pero me sacaron de eso unos “colitas” que son amigos míos y que bailan en Viña, en la plaza Sucre. Ellos me dijeron guatón no queremos verte así, tira pa´rriba, ahora estoy bien, voy procesando todo, quiero superarme. Tengo una hermana que trabaja en el hospital Van Buren pero no me habla. El Hogar de Cristo me está apoyando para irme a una casa compartida en Villa Alemana pero debo tener un trabajo, es requisito. Estoy bien ahora.

Se inicia el recorrido de la ruta y a lo largo del camino, Gustavo nos muestra una residencial ubicada en Agua Santa, que es de un familiar suyo. “Trabajé para un kiosko en el antiguo hospital Gustavo Fricke, todos me conocían. Me mandaban a comprar y hacer los mandados, pero de repente no tenía dónde bañarme, tenía que pagar 1.500 pesos para ducharme en los baños del terminal de buses”, relata.

Ambos amigos cuentan que en el sector Rodoviario han echado a todas las personas en situación de calle, “los fiscales y carabineros les desarmaron los rucos, no sabemos para dónde se fueron”, dicen.

Al llegar a la costanera se bajan de la van del Hogar de Cristo y saludan a todos sus conocidos. Cuentan que la mayoría trabaja de plumillero y malabaristas en las calles. “Tenemos establecidos los puntos. Nos hemos dado cuenta que se han ido moviendo de lugares porque los corretean. De la calle Carlos van Buren para abajo que termina en el hospital Gustavo Fricke está lleno ahora”, agregan.

“Acá se murió un viejito de frío anteayer” muestra Patricio Espinoza y es en la escalera del hospital donde él trabaja ahora. “Le llevé ese día un cafecito, porque el jefe me mandó sí, él tiene buen corazón. Después que se llevaron el cuerpo, me tocó barrer la bajada”, cuenta entristecido.

Grace Molina explica que, desde el año pasado, los carabineros se adjudicaron por parte del Ministerio de Desarrollo Social, todo el sector del centro de Viña y el estero, para auxiliar a las personas en situación de calle. “Ellos salen a la par que nosotros, por lo que no vamos a esa parte ahora. Nosotros recorremos todo el borde costero”, dice.

El grupo pasa a visitar a Juan Luis Williamson y a Héctor, su amigo de calle. Juan Luis relata que tiene un primo que es arquitecto y que vive en edificio cercano al supermercado Santa Isabel. De repente le lleva frazadas y comida e incluso en noches de lluvia lo ha llevado a dormir a su departamento.

La trabajadora social Grace Molina conversa con Juan Luis Williamson y Héctor.

Grace les pregunta si ha pasado la ruta de los carabineros por allí y responden que sí. De vuelta al vehículo, Patricio recuerda a todos usar el alcohol gel. “Vamos a ver si está el Boricua”, pide Patricio mientras muestra orgulloso la foto de sus dos hijos, de 14 y 16 años, hombre y mujer. “Ellos viven con su hermano mayor –hijo de mi ex pareja- que tiene la tuición de ambos en Los Andes, porque su mamá cayó presa por tráfico pero salió en libertad hace poco. Hace 9 años que no los veo. Primero mi meta es comprarme un sitio y construir una casita y si Dios quiere, una mediagua”, anhela Patricio Espinoza.

En pleno centro de Viña del Mar, cerca del terminal de buses, se observan familias de venezolanos pidiendo limosna. Grace Molina cuenta que generalmente están con niños porque así recolectan más dinero. “Lamentablemente utilizan a los niños, les han ofrecido trabajo, pero a ellos les va mejor acá pidiendo que en un trabajo, ganan más y pueden incluso arrendar pieza. Hemos hablado con funcionarios de la PDI porque los derechos de esos niños están siendo vulnerados”, señala preocupada.

DESDE LA OTRA VEREDA

Cerca de la plaza principal de Viña, en el puente Libertad, está la “Chica Carola”, recién operada de una hernia. “Ella tenía un departamento pero se lo quitaron”, relatan los voluntarios. Tiene un hijo en la cárcel. La acompaña Vivi Vera, quien fue profesora en Valdivia, pero a raíz del consumo de pasta base se fue a vivir a la Ciudad Jardín “para que su familia no la viera en situación de calle”.

Gustavo las conoce, son sus amigas y no duda en darles un poco de dinero. “Una vez, la chica Carola me vio consumiendo cocaína en la plaza y me pegó una cachetada, no quiero verte así, me dijo enojada. Para mí es un orgullo no tener droga en el cuerpo. En Hogar de Cristo me enseñaron y ahora estoy consciente de lo que hice con mi cuerpo: consumiendo cocaína, pasta, alcohol, marihuana”.

Grace Molina, habla de las ventajas de que ellos hagan rutas calle. “Tratamos de que participen quienes han vivido en calle porque se motivan, ellos han tenido que estar mucho tiempo encerrados por la pandemia y ansían reencontrarse con lo que una vez vivieron, pero desde la otra vereda, les ha hecho muy bien, la mayoría conoce a los que viven en calle, los saludan por sus nombres y eso es importante”, acota.

De regreso a Valparaíso, la van se detiene al lado del Castillo Wulf, donde hay una pequeña bajada cerrada con candado. En una cueva entre el mar y los muros, vive Jaime, a quien dice Grace que lo engañaron. “Le ofrecieron un terreno, él trabajó ese terreno y después se lo negaron”, explica.

-¿Cómo se las arregla con las marejadas?

-Adentro hay unos cuartos, donde duerme y está bien resguardado, es como una pieza, lo que pasa es que antes él siempre cuidaba este espacio, lo mantenía limpio, ahora se llenó de basura, creo que él volvió al consumo por ese engaño que sufrió.

Los tres voluntarios intentan convencer a Benjamín para que vaya a un consultorio.

En 5 Norte con Avenida Libertad saludan a Benjamín, un hombre en silla de ruedas que pide dinero a los conductores cuando el semáforo rojo los detiene. Grace lo trata de convencer de que vaya a tratarse una herida que tiene en el pie izquierdo amputado, porque ya le amputaron parte de su pie derecho también a causa de la diabetes. Vive debajo del puente Libertad.

“Tienes que ir al consultorio, te voy a dar el contacto, no puedes seguir así”, le insiste mientras toma nota de su situación en su registro de ruta calle. A todos les parte el alma verlo en esas condiciones. De regreso a la hospedería del Hogar de Cristo, los voluntarios se despiden. Están contentos y tristes a la vez. “No dejen de llamarme en la próxima salida”, pide Patricio Espinoza mientras recoge su mochila. La ruta calle terminó por ese día.

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