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Víctor Pino Márquez:

“Di hartos tumbos en mi vida, pero ahora me estabilicé”

La historia de este maestro en cueros, que a los 15 años comenzó a trabajar cosiendo maletas, conmueve. Por su alcoholismo vivió 15 años en situación de calle y recorrió hospederías de distintas fundaciones, pero fue en la Residencia para la Superación de San Fernando donde inició su etapa de afianzamiento. Hoy vive en un departamento a pasos de sus hijos y solo espera que se concrete una oportunidad laboral.

Por María Teresa Villafrade

A ojos de muchas personas, Víctor Pino Márquez (71) era un caso perdido. Había pasado por muchas hospederías y programas de rehabilitación y, tal como él mismo indica: “Tenía los papeles quemados con el Hogar de Cristo porque una vez me puse a pelear y me echaron”.

Estuvo en la antigua hospedería del Hogar de Cristo en Estación Central, donde conoció al cura jesuita de origen belga Josse Van der Rest: “Hicimos buenas migas con el padre Josse, le decíamos el ´Padre Pizarreño´ porque hacía mediaguas para los pobres. Siempre conversábamos. Era alto, bien encachado. Recuerdo que en una ocasión nos trajo a un príncipe de su país, Bélgica, que andaba de gira por Sudamérica y el padre Josse lo estuvo paseando por la hospedería. Después supe que el príncipe se convirtió en rey, es decir, yo estuve con un príncipe heredero”, cuenta sonriente.

Para no olvidar los 15 años que vivió en situación de calle, tiene escrito en un papel todos los lugares en los que fue acogido: “La Casa Madre de Dios Padre Hurtado, que queda camino a la Cuesta Barriga, de un señor Alejandro Devés. Una prima de él –Rosa Devés- acaba de ser nombrada rectora de la Universidad de Chile. Recuerdo que ahí me hacían leer la Biblia”, agrega dando cuenta de lo bien informado que está.

Estuvo también en los Traperos de Emaús, donde asegura que se puso “político de izquierda”, y en la Fundación Gente de la Calle. “Por el alcoholismo, que tengo desde niño, se me iban cerrando todas las puertas. Llegué a dormir en los patios de la posta San José varias noches seguidas hasta que llamé a mi hija mayor. Ella me dijo papá, cómo se le ocurre usted durmiendo así, véngase para la casa. En su casa me duché y me afeité la barba que tenía. Me empecé a portar bien. He dado hartos tumbos en mi vida, pero ahora me estabilicé”, dice.

Víctor Pino y su hija.

Víctor Pino atribuye esta recuperación a su estadía en la Residencia para la Superación de San Fernando, donde estuvo los últimos tres años, los mismos que lleva sin consumir alcohol.

-¿Cómo llegó hasta allá?

-Siempre he sido creyente de Jesús y del padre Hurtado. Un día llamé para la hospedería de Hogar de Cristo en Rancagua donde había una vacante. Me atendió una señora que me acuerdo de ella y se me caen las lágrimas, María Isabel Vilca. Ella me recibió y me dijo que volviera a las cinco de la tarde, que era la hora de entrada. Ahí me dieron las señales para inscribirme en el Programa Calle y por intermedio de ella me consiguieron una pega en Conaf. Estuve dos años y me hacía cargo de un vivero al lado del río Cachapoal, yo lo cuidaba y esos arbolitos se iban después a plantar en poblaciones. Yo tenía experiencia, porque en Conchalí, donde nací, también trabajé en un vivero de Conaf del cual salieron 600 mil eucaliptus”.

Hasta que llegó la pandemia y como no se podía salir de la hospedería, a los dos meses de encierro Víctor tuvo una  recaída: “Me caí al ácido, se me borró la película”, describe. Entonces surgió la oportunidad de establecerse en la residencia de San Fernando. “Yo no quería irme de Rancagua, tenía todo el ambiente hecho, hasta una polola. Tuve una entrevista con la señora Montserrat Duarte y me aceptaron, en dos días, partí. Una maravilla, nunca había estado en un lugar tan decente y bien administrado”, cuenta.

Axel Blanco y Víctor Pino en la residencia de San Fernando.

Víctor afirma que vivir allí fue la mejor experiencia de su vida, porque el estilo era como estar en una casa de familia. “Extraño mucho esa convivencia, los echo de menos. Me apoyaron e hice un curso en Infocap en San Fernando, donde me fue bien. Así se me ocurrió plantar un jardín de yerbas medicinales en la residencia. La verdad es que no me quería ir, pero cuando uno no tiene una propiedad estamos sujetos a cambios en nuestra vida”, asegura.

Lo cierto es que el programa al que Víctor ingresa después de la residencia para la superación es el paso a seguir para lograr su total independencia. Se trata de Vivienda Primero (Vivienda con Apoyo), el más revolucionario método para que las personas en situación de calle logren su inclusión social definitiva y que comenzó a aplicarse en Chile en 2019, con financiamiento del Ministerio de Desarrollo Social y de la Vivienda.

Gracias a este programa, Víctor Pino vive ahora en un departamento en la comuna de Recoleta, a metros de la casa de algunos de sus cuatro hijos. Comparte el espacio con Axel, otro compañero de calle que también estuvo en la residencia de San Fernando y con el cual ha hecho muy buenas migas.

“Llegamos el dos de abril  a este flamante departamento amoblado, es un lujo. La fundación Cristo Vive lo gestiona y cada 15 días nos visita la dupla sicosocial, los monitores que nos apoyan en la reinserción. Yo también había conocido a la famosa hermana Carolina Meyer, directora y fundadora de Cristo Vive, porque estuve en uno de sus centros de rehabilitación para alcohólicos”, comenta dejándonos perplejos ante tanto caudal de redes sociales.

COMPAÑERO DE CURSO DEL GORRIÓN DE CONCHALÍ

-¿Cómo ha sido su relación con sus hijos?

-Muy buena, yo con ellos nunca tuve problemas. Me casé a los 21, nacieron mis cuatro hijos y ahora tengo cinco nietos y tres bisnietos. El problema es que soy alcohólico, desde niño. Tengo una anécdota de mi época en el seminario de San Bernardo, donde hice segundo y tercer año de humanidades. Recuerdo que nos hacían beber vino añejo y mientras todos los demás niños hacían arcadas, a mí me gustaba, me parecía un manjar. Creo que lo llevo en los genes porque mi abuelo fue alcohólico. Fui porfiado, testarudo por tomar. Toda la vida traté de beber socialmente pero pocas veces lo conseguí”.

Los padres, abuela y hermanos de Víctor (a la izquierda de la foto).

La teoría genética no aplica en su padre, un maestro tornero mecánico que jamás probó el alcohol. Así describe Víctor a su padre: “Yo nací en una familia de clase media baja, un 9 de enero de 1951, en Conchalí. Mi papá era hombre de campo que pertenecía a la escuela del calzado. Resulta que las huelgas en esos tiempos duraban muchos meses. Yo estaba por nacer entonces él tuvo que ir a pedir a trabajo a una empresa textil y entró de ayudante como barredor. Después entró al taller mecánico de tornería. La empresa les daba casa a los trabajadores. Mi mamá le dijo que no podía seguir de ayudante porque él ya sabía mucho más, entonces mi papá habló con un señor judío alemán, Erick Kramer se llamaba y vivía en la misma población de nosotros. Su hijo era profesor del Inacap de Renca, entonces mi papá se puso a estudiar allí y salió con su título de tornero mecánico”.

Le mostró el título al  dueño de la empresa textil, pero éste le dijo que ya tenía tornero mecánico y que no necesitaba otro. “Mi papá renunció, tuvimos que dejar el chalet porque se fue a trabajar a una cerrajería y ahí nos cambió la vida porque ganaba cuatro veces más como tornero mecánico”.

Sin embargo, no alcanzaba suficiente para comprar ni arrendar una vivienda. La familia se fue a vivir a la toma en El Cortijo, que antiguamente pertenecía a Quilicura y hoy es Conchalí.

“Teníamos un vecino, Ramón Elizalde Hevia, que después fue alcalde y diputado, y es pariente del que fue presidente del partido socialista, Alvaro Elizalde. La toma estaba semi urbanizada cuando llegamos, había electricidad y solo faltaba conexión al alcantarillado. Hice la enseñanza básica en el Liceo Negrete, donde tuve como compañero de curso al Zalo Reyes, el gorrión de Conchalí”.

A los 15 años empezó a trabajar durante sus vacaciones en una marroquinería, donde un maestro le enseñó el oficio. “En el barrio había talabarteros, zapateros remendones, yo aprendí a coser a mano carteras y maletas.  Estaba cerca del Hipódromo Chile. Después llegó la Unidad Popular, no había materiales y el taller quebró, cuando empezaron a llegar los productos importados chinos, coreanos, taiwaneses. A lo largo de mi vida he trabajado en muchas cosas, en construcción, en jardines, en lo que salga”.

Tanto así, que en la Residencia de San Fernando lo despidieron a él y a Axel con sendos almuerzos y con un diploma otorgado a él por ser el “maestro chasquilla por excelencia” del hogar.

Está consciente que el programa Vivienda Primero dura tres años y por eso le urge encontrar un trabajo para ahorrar. “Yo ando en bicicleta para todos lados, nadie me echa la edad que tengo, siempre dicen que parezco de 55 o 56 años, no lo digo por petulancia. Tengo un millón 400 mil pesos en la cuenta de ahorro para la vivienda, tengo fe. La vida nos da oportunidades cada día”, dice optimista mientras agrega que ya tiene entrevistas pactadas con la farmacia del Doctor Simi. “Mientras no tenga que disfrazarme, todo bien”, se despide riendo.

Fueron tres los programas de Hogar de Cristo por los cuales Víctor Pino, pese a haber padecido de alcoholismo prácticamente toda su vida, fue avanzando en su camino a la inserción social, demostrando que –con acompañamiento y rehabilitación- se puede salir adelante. Como sociedad, es nuestra obligación brindarles siempre oportunidades a las personas en situación de calle. No descartarlas ni excluirlas.

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