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Pablo Walker, la integración y el taller de tintura de pelo

El capellán del Servicio Jesuita al Migrante (SJM) desconfía de los estudios, las cifras, los porcentajes y los especialistas a la hora de abordar el tema de la masiva migración que vive Chile. Su receta para una convivencia enriquecedora pasa por la experiencia territorial y cotidiana. “Con los pies en el barro”, como diría el padre Hurtado. “Y lo mío no es buenismo”, advierte.
Por Ximena Torres Cautivo
Enero 24, 2026

–La mía, la integración de los migrantes, no es precisamente la causa más popular por estos días– dice Pablo Walker (58), sacerdote, artista plástico, ex capellán del Hogar de Cristo y hoy capellán del Servicio Jesuita al Migrante (SJM). Agrega:  –Así lo acreditan todas las encuestas. Existe mucho rechazo. Pero tanto en psicología personal como colectiva, mientras más encendidas sean las reacciones, significa que el fenómeno importa. Importa mucho.

Por eso, la oficina del SJM no es un lugar cómodo en los tiempos presentes. Afuera soplan vientos duros: encuestas que hablan de rechazo, discursos políticos encendidos, redes sociales crispadas.

Walker, invitado al programa que hacemos en radio Cooperativa –“Ojos que Sí Ven”– habla con calma y con convicción. Dice que no se trata de levantar banderas “buenistas”, sino de entender un problema profundo que está tensionando a Chile.

–Hay un cruce muy fuerte entre lo que los chilenos esperamos y necesitamos como desarrollo y el modo en que se ha dado la migración en el último quinquenio. Se ha alejado de ser una migración ordenada, segura y regular, que construya tejido social. Y eso, naturalmente, genera reacciones negativas que hay que entender.

El taller de tintura de pelo fue la manera más eficiente de integrar a vecinas chilenas de Cerro Navia con migrantes colombianas, haitianas, venezolanas. La foto es de Ximena Hinzpeter y es parte del libro “Ojos que ven, corazones que sienten”.

DEL DATO AL DOLOR

Le comento al jesuita que por estos días los análisis de la última CASEN han estado a la orden del día. Que leí uno donde un experto decía: “Nos hemos debatido entre la administración burocrática de los flujos migratorios y la integración real de las personas. Desgraciadamente, nos quedamos en el ángulo administrativo y desde ahí nos defendemos”.

–Efectivamente, hay un delta enorme entre la estadística y el fenómeno vivido en carne viva– responde. Y hace un homenaje a la escuela del Hogar de Cristo, donde se formó. Luego agrega:  –Primero debe estar la voz de quienes padecen la pobreza y la exclusión; después la del experto. No al revés.

Y se lanza al análisis desde el terreno:

–El gran desafío no es solo lo que pasa en la frontera, que ya es un temazo. Es qué pasa con quienes ya se quedaron a vivir en Chile. Cómo logramos que haya convivencia barrial sustentable, que no se formen guetos. Porque el país se nos está llenando de guetos de distinto tipo.

NIÑOS MIGRAN2424TES 

El 51% de los niños y jóvenes migrantes en Chile –quienes tienen entre 0 y 17 años – vive en pobreza. Entre esa misma población, pero chilena esa cifra se reduce a 25,3%. Dentro de la población migrante, los niños son los más vulnerables.

Sin embargo, cuando se mira la convivencia cotidiana, aparece otra historia.

–En los jardines del Hogar de Cristo, con altísima presencia de niños extranjeros, yo vi y veo una convivencia súper saludable entre chilenos y migrantes. Entre ellos no hay prejuicios. Por eso, nosotros siempre entramos al trabajo de integración por los niños y las niñas.

Navidad en el Jardín Infantil Alto Belén de Puente Alto.
AGENCIA BLACKOUT

El problema viene después, explica, cuando hay que dialogar con los adultos. Habla del salto cuántico que se debe dar para llegar a sus cuidadoras o cuidadores, los que tienen estilos parentales muy distintos. “Se trata de darles acogida, de entender su perspectiva cultural y de decirles finalmente: ‘Ya, bienvenido a Chile, país donde pegarle a un niño es un delito’.  Todo eso supone conversaciones difíciles y francas; espacios seguros donde las personas no se sientan juzgadas y no tengan que clandestinizar sus comportamientos. Es necesario sincerar no sólo qué hacen, sino por qué lo hacen. Entender y establecer compromisos de comportamiento en los ámbitos laborales, educativos, barriales”.

HAITÍ: UN TAPÓN ADMINISTRATIVO

La comunidad haitiana, según la CASEN, aparece como la más pobre entre las nacionalidades migrantes.

Dice Pablo Walker: “Ha habido rechazo en primera persona y efectivamente los flujos de salida de los haitianos hoy son mayores que los de entrada. Pero al mismo tiempo la valoración laboral de los haitianos es muy buena en Chile. Muy buena”.

Y cuenta un caso concreto, personal.

–Yo vivo con dos personas haitianas. Uno de ellos lleva seis años intentando regularizar su situación migratoria. ¡Seis años! Entró por visa de reunificación familiar, trabaja, habla cuatro idiomas, tiene 24 años, dio la PAES, sacó 650 puntos… Y ni siquiera puede cobrar su sueldo porque tiene el carné vencido.

 –¿Y eso cómo se explica?

–Por el tapón administrativo. Es un sistema que raya en la crueldad. En Chile decimos que esforzarse debe valer la pena. Bueno, hoy para muchos migrantes eso no es verdad.

Eso pasa en paralelo con otras situaciones. No administrativas. Normales, del día a día, de la convivencia humana, de la vida misma.

Fotografía de un migrante haitiano, tomada por Ximena Hinzpeter. y que es parte del Libro Ojos que ven, corazones que sienten. De acuerdo a un estudio, los chilenos admiran el aspecto atlético de los haitianos, que son los más pobres entre los migrantes.

BELLEZA QUE INCOMODA

Centrado en el mismo caso, el del joven haitiano, el director de SJM comenta un estudio hecho por la Universidad Central, liderado por Axel Callís.

–Una conclusión es que de lo que más valoran los chilenos de los haitianos es el fenotipo. O sea, que son atléticos, altos, delgados, elegantes. Sucede algo interesante: cómo la presencia migrante ha cambiado la estética cotidiana de Chile. La forma de vestirse, de arreglarse, de peinarse. Pero a veces esas lecturas se tuercen y se mal interpretan, pero ellos han aportado estilo, belleza, color al país.

Relata una experiencia reveladora de la Red Clamor, que reúne a diez fundaciones católicas, y que busca proteger, promover e integrar a los migrantes, desplazados, explotados.

–Quisimos hacer talleres de convivencia en conjunto con la fundación Cerro Navia Joven y no funcionaban… Tratamos con varios temas y nada resultaba. No llegaba nadie. Hasta que apareció un taller de tintura de pelo. Lleno total. Nuestras amigas venezolanas eran las catedráticas. Ahí entendimos que la integración no se decreta: se construye en lo cotidiano.

 –Profundiza en esto, por favor…

–En el aprendizaje de la convivencia cultural, que es imprescindible para la cohesión social, no sirven los espacios artificiales. Es la conquista de la cotidianidad lo que integra a las personas. Por eso yo te pasé en un papelito donde hay un decálogo para la convivencia que estamos repartiendo en tres poblaciones con alta presencia migrante en Estación Central.

Son consejos muy simples. El primero de ellos dice: “Compartimos la vida cotidiana para superar la hostilidad y la indiferencia”. Walker precisa: “Es decir, cómo se vive en la feria, el almacén, la plaza, el COSAM, el patio de la escuela. Es en esos lugares donde nos jugamos el todo por el todo para entender el fenómeno de la integración”.

VENEZUELA: FIESTA CON MIEDO

La conversación inevitablemente llega al tema del momento: la detención del dictador Nicolás Maduro y lo que eso ha provocado en la comunidad venezolana en Chile.

 –¿Cómo has percibido ese sentimiento?

Walker se toma un segundo.

–El pueblo venezolano es caribeño, festivo, esperanzador. Pero están viviendo un calvario. Yo vivo muy cerca de donde se celebró la detención de Maduro, ahí en Estación Central. Vi mucha euforia, pero al mismo tiempo un miedo tremendo.

En las inmediaciones de la Estación del Metro Alberto Hurtado la celebración fue eufórica, pero también había mucho temor a las represalias, dice Paulo Walker.

–¿Miedo a quién?

–A represalias contra sus familias en Venezuela si los veían celebrando en Chile. Vi mensajes por WhatsApp pidiendo: “Por favor no suban estos videos, no publiquen nada”. Hay mucho susto.

 –¿Habrá un éxodo de regreso o los que ya están en Chile se quedarán acá?

–Creo que, si hubiera condiciones reales de seguridad y sustento, un buen porcentaje querría volver. Pero también hay otra realidad: los hijos nacidos en Chile. Muchos niños ya se sienten de acá. Les dicen a sus papás: “Ustedes váyanse, este es mi país”. Lo he oído.

EL NUEVO GOBIERNO Y LOS TEMORES

Le pregunto directamente por el escenario político que se abre con el gobierno entrante de José Antonio Kast. Walker responde con cautela:

–Nosotros como SJM hemos trabajado con todos los gobiernos y con todos hemos tenido desencuentros. Éste no será la excepción. Hay puntos en los que no estamos de acuerdo y muchos otros en los que sí.

Lo que más les preocupa es la famosa “cuenta regresiva” para expulsiones masivas que lleva el presidente electo en la uña.

–Eso suena fácil en un eslogan, pero termina en tratos degradantes y en vulneración de derechos fundamentales. Muchas personas no pueden volver a sus países porque no hay condiciones mínimas.

Su apuesta es otra: regularizar, ordenar y mirar también las necesidades de Chile.

–La agricultura, la construcción, los servicios necesitan mano de obra. Son muchos los empresarios Y también hay un tema demográfico: entre un 17 y un 20 por ciento de los nacimientos en Chile son de madre extranjera. Los colegios los necesitan, el país necesita niños.

Antes de despedirnos, le pido un mensaje para esa opinión pública cansada, cabreada, molesta, que reclama por la bulla, por las incivilidades, por la fritanga, por el choque cultural que también han traído los migrantes. Para esos que se resisten a integrarse. O, más extremo aun, que no quieren ni acercarse.

Walker sonríe.

–No sirve la teoría. Sirve convivir. Compartir espacios cotidianos desarma los prejuicios. La feria, el almacén, la plaza, el patio del colegio: ahí se juega todo.

Y remata con una invitación simple: “Mezclémonos. Todo lo que podamos hacer mezclados ayuda a la cohesión social”.

Le digo que eso suena a canción de Ana Belén y Víctor Manuel.

—“Contamíname”, ¿no?

—Exacto— responde riendo—. Contaminémonos bien mezclados.