Callcenter: 600 570 8000Hogar de Cristo 3812, Estación Central, Santiago
Donar

Amanda Céspedes: “La violencia es el último eslabón de una cadena de abandono”

La conocida neuropsiquiatra infantil y juvenil advierte en Cooperativa que los estallidos de violencia juvenil son la expresión tardía de años de vulneraciones invisibles. Desde la gestación hasta el uso precoz de pantallas, traza un mapa incómodo: el problema no empieza en el colegio, sino mucho antes, y nos involucra a todos.
Por Ximena Torres Cautivo
Abril 25, 2026

-La violencia es como el postre. Antes del postre ha habido un proceso de muchos platos que lo precedieron. La violencia es el postre, la explosión, de algo que se ha venido incubando durante muchos años en Chile.

La neurosiquiatra infantil Amanda Céspedes (78) lleva advirtiendo desde hace 30 años lo que hoy vemos expresado en el asesinato en Calama de una inspectora a manos de un joven estudiante de 18 años. Hoy el alumno está imputando. La otra trabajadora herida gravemente se recupera no sin secuelas. Y los alumnos heridos se encuentran fuera de peligro, pero marcados para siempre por un episodio traumático.

El caso es una suerte de símbolo de lo que la prensa llama “violencia escolar”, expresión que irrita a Amanda Céspedes, porque se queda sólo con la punta del iceberg.

-Siempre digo que un chiquillo explota violentamente a los 15 años, porque trae una historia atrás, de 15 años y más. Es una agresividad que se comenzó a incubar antes de que ese chico naciera a partir de una cadena de múltiples vulneraciones. La violencia es el último eslabón de esa cadena.

Amanda Céspedes, destacada neurosiquiatra infantil y juvenil, experta en neurociencia, estuvo en Ojos que Sí Ven, programa radial de Hogar de Cristo en Cooperativa.

La neurosiquiatra habla de los primeros tres mil días de vida de un ser humano, que es cuando más y peor mella hace la vulneración. “En esta etapa, esas sucesivas vulneraciones van a tener un efecto impactante sobre el cerebro. Un efecto biológico que lo remodelará desde la vulneración”.

Y sigue describiendo lo que sucede:

-Ese niño va a crecer, va a pasar los 5 años, y va a llegar a la educación básica. En ese primer ciclo, en la educación básica, va a mostrar la cara de la agresividad, de la falta de empatía. Eso que se condensa en el bullying o amedrentamiento escolar. Y, a medida que sigue pasando el tiempo, esa falta de empatía y compresión del otro va a terminar explotando como violencia en la educación media.

AHONDANDO EN LAS VULNERACIONES

-Concretamente, ¿a qué te refieres con vulneraciones?

-La violencia no está dentro del niño; es la consecuencia de lo que ha tenido que vivir desde su gestación, en su nicho de desarrollo. Puede ser una madre con consumo durante el embarazo, un hogar disfuncional, un barrio inseguro y aislado, una familia inexistente… La suma de todo esto y más. Esas vulneraciones se traducen en que ese niño en realidad no tiene familia. Sus padres están en la cárcel o en la calle o consumiendo. Lo cuidan parientes cercanos. No desarrolla el apego con nadie. En el rincón más íntimo de ese niño se va gestando la violencia que estallará a los 14, a los 15.

-¿Es una crisis social, puntualmente de la familia, entonces?

-Claro, por eso yo soy tan contraria hablar de violencia escolar. Cuando se habla así muchos terminan pensando que la violencia infantil y juvenil está gestándose, desarrollándose y expresándose dentro de la escuela. Y que, por lo tanto, los responsables de esto son las escuelas. Es no es así. Las escuelas reciben a niños que llegan con una mochila invisible en la cual la violencia es un componente central.

-Escuchándote, pareciera que la violencia se incuba especialmente en situaciones de vulnerabilidad y pobreza. ¿Cómo influye el factor socioeconómico?

-La pobreza es un factor que obviamente incide, pero el problema es transversal. Yo trabajé muchos años en clínicas privadas como psiquiatra infantil donde me tocó tratar a muchos niños ABC1. Ahí constaté cómo en esos estratos también está instalada la vulneración. Insisto en que el origen primario de la violencia que vemos en niños y jóvenes no es necesariamente la pobreza sino la vulneración.

Para despejar toda duda, Amanda enumera vulneraciones concretas que no tienen estrato social.

-El maltrato a la mujer gestante, donde el niño que está por nacer ya sufre el impacto del maltrato. Ahí comienza la historia. Está la negligencia en los primeros cuidados, las faltas graves en el apego a la madre, ya sea porque ella tiene problemas de consumo o de salud mental graves o por lo que sea.

Luego vienen todas las formas de abuso, desde el maltrato sicológico hasta el abuso sexual. “Existe hoy una suerte de indiferencia adulta a las necesidades emocionales de los niños”, sentencia.

-Una colega tuya, Florencia Alamos, habló en este mismo programa, de una crisis de desnutrición emocional infantil. ¿Concuerdas?

-Plenamente. ¿Por qué insisto en que esto es transversal, aun cuando indudablemente lo vemos mucho más en sectores de gran vulnerabilidad social y socioeconómica? Porque yo atendí a niños familias que tenían muchos recursos económicos e igualmente los padres ejercían la misma negligencia en los primeros cuidados, la misma indiferencia frente a las necesidades emocionales de los niños. Esto es muy importante: los adultos rara vez tienen conciencia de cuán agudas son las necesidades emocionales de los niños pequeños, muy especialmente en esos primeros tres mil días de vida tan claves en el desarrollo de las capacidades intelectuales, emocionales, artísticas de un ser humano.

Desarrollar vínculos afectivos, tener madres y padres conscientes y presentes, cultivar el vínculo son grandes fortalecedores de la confianza, la empatía, la capacidad de relacionarse con hombres, en especial en los tres mil primeros días de la vida. AGENCIA BLACKOUT

Amanda Céspedes refuerza una idea: “Carecer de vínculos afectivos en esa etapa es fatal. El niño vino al mundo para ligarse afectivamente, amorosamente a otro ser humano. Si no recibe los elementos fundamentales para poder hacer este vínculo, ese niño va a crecer sin empatía, lleno de rabia, de desolación, de desesperanza. Obviamente todo esto se va a ir combinando para que, en la adolescencia, a los 14, 15 años, estalle con una violencia extrema”.

PANTALLAS, IDENTIDAD, SOLEDAD

—Amanda, ¿qué pasa con ese niño desatendido emocionalmente que, quizás para paliar su soledad, se pasa todo el día frente a una pantalla?

—Yo comprendí muy anticipadamente que hay que quitar los celulares, hay que quitar los iPad, hay que evitar entregar cualquier dispositivo de ese tipo a los niños. ¿Por qué? Porque cuando el niño está frente a una pantalla es como si estuviera frente a una puerta que abre solo. No hay nadie que lo acompañe en ese viaje donde no se sabe qué se va a encontrar al otro lado.

Y al otro lado, dice, hay muchas veces personas invisibles con graves problemas psicológicos.

—En la web encontramos discursos de odio, mala intención. Y el niño aprende muy fácil, sobre todo si está solo, si carece de amor, de atención, de adultos sensibles a sus necesidades emocionales.

—Se ha hablado de un aumento en diagnósticos como el espectro autista o temas de identidad de género. ¿Crees que esto se vincula a lo mismo?

—No estoy tan segura —responde—. En la preadolescencia y adolescencia hay una crisis de identidad muy fuerte y, sin duda, pueden influir los medios, las redes sociales, los contenidos que encuentran en la web. Eso puede intensificar la inseguridad respecto de quiénes son.

E introduce otra hipótesis. Dice la especialista:

—Hay factores que aún no descubrimos del todo, como los disruptores endocrinos. Vivimos en una creciente toxicidad ambiental: respiramos, comemos y bebemos tóxicos. Y algunos de estos podrían alterar las cadenas hormonales que sostienen el bienestar humano, incluso desde antes de nacer.

Jugar en parques y en medio de la naturaleza, salir con los padres, estar juntos es una suerte de mágica protección contra la violencia. ¡No a las pantallas hasta los 5 años al menos!, dice Amanda Céspedes. AGENCIA BLACKOUT

Aclara que es una línea en desarrollo, pero insiste en que podría incidir en aspectos del desarrollo cerebral vinculados a la identidad de género. “Esto ha existido siempre, pero no con la frecuencia que vemos hoy”.

—¿Y qué pasa con fenómenos más extremos, como jóvenes que dicen identificarse como animales, los llamados therians?

—Ahí veo una necesidad profunda de pertenencia. La adolescencia y la juventud están viviendo una crisis de pertenencia muy grande, y los adultos somos enormemente responsables de eso.

Describe una paradoja, volviendo al ambiente escolar. Sostiene: “En los colegios se habla de pertenencia, pero muchas veces se expulsa al distinto, al que no encaja. Entonces esa necesidad no desaparece: se desplaza. Y los jóvenes la buscan donde sea, incluso en formas que nos parecen extrañas o incomprensibles.

“NUNCA ANTES DE LOS 5 AÑOS”

—En lo práctico, ¿qué recomiendas a las familias?

—Voy a ser bien radical: antes de los 5 años, un niño no debiera jamás usar un dispositivo digital inteligente. Nunca.

Advierte que lo que hoy se ve —guaguas con celulares en el coche— tiene consecuencias profundas. “Hay aplicaciones diseñadas para capturar la atención del niño. Eso es una trampa. No responde a su desarrollo, responde a intereses económicos”.

Y establece un marco claro:

—Hasta los 5 años, nada. De los 5 a los 10 años, el uso debe ser muy restringido. Y eso exige algo difícil: presencia adulta. Los niños necesitan a su familia. Ir a la plaza, al teatro, a un museo, salir a caminar, subir un cerro. Todo eso compite con las pantallas.

Amanda Céspedes antes de entrar al locutorio de radio Cooperativa, donde hacemos Ojos que Sí Ven.

Y enfatiza dos riesgos principales:

—Primero, la adicción: el cerebro pequeño tiene una enorme facilidad para volverse dependiente. Segundo, el daño en las habilidades sociales: el niño pierde contacto visual, pierde capacidad de leer el entorno, pierde empatía. Si te fijas, hoy son pocos los niños que miran directamente a los ojos.

—¿Debería regularse esto más duramente?

—En algunos países ya se está haciendo. Y, francamente, es una barbaridad pasarle un celular a una guagua.

Antes de despedirse y esta es una despedida en serio: Amanda Labarca tiene ticket de ida y sin regreso, a Italia. Al norte de la bota, a Trento, donde trabaja su hijo, que es cientista político; su nuera, destacada académica; y su única nieta. Antes de decir adiós, deja resonando una frase tremenda en un país, como Chile, donde cada vez nacen menos niños:

—“Hay que decirlo: el niño es un “animalito en extinción”. Se extingue rápidamente, y después ya no podemos hacer nada por él -concluye Amanda Céspedes.