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Segundo Amado Araya: “Fui mamá y papá de mis hijas”

Dice que perdió a su madre cuando tenía dos años. Su hermana mayor fue su segunda mamá, pero su padre no lo quería “por feo y por negrito; a él le gustaban los hijos de tez blanca”. Cuando su esposa lo dejó, ella abandonó a las hijas que tuvieron juntos. Entonces él partió a buscarlas a Talagante, donde vivían. Desde entonces, ejerce el doble rol.

Por María Teresa Villafrade

 

Al verlo y escucharlo hablar, cuesta creer que Segundo Amado Araya (61) haya pasado los últimos años de su vida en situación de calle. Calmado, sensible, se emociona cuando recuerda su triste infancia, los años en que debió criar solo a sus hijas y cómo evitó al máximo que ellas supieran que él dormía en la calle, en San Antonio con Agustinas, para no preocuparlas.
“Lo que he pasado no se lo doy a nadie. Me asaltaron, me golpearon, me robaron hasta los zapatos. Hay muchos jóvenes desquiciados en las calles”, dice, ahora que está residiendo en un departamento gracias al inédito proyecto piloto Vivienda Primero.
“Ahora puedo invitar a mis hijas con tranquilidad. Ellas son buenas, de mucho esfuerzo, trabajan y se están pagando el departamento en el que viven. Se preocupan y me ayudan a hacer el aseo cuando vienen a verme”, relata.
Criarlas fue todo un desafío para él. Todo comenzó cuando ellas eran pequeñas y él trabajaba en Pelucas Avatte haciendo prótesis capilares como bigotes, bisoñés, barbas. Su esposa lo engañó con otro y se fue con las niñas. Siete meses después descubrió que las menores habían sido abandonadas y se encontraban en Talagante. “Me las encerró en una casa donde llegan los pobres de la calle, lo pasaron terriblemente mal, sufrieron mucho. Me fui corriendo a buscarlas”, cuenta.
Lorena e Isabel, hoy de 37 y 30 años, volvieron a vivir con su padre. “En mis tiempos libres salía a vender yogurt con ellas, recorría las poblaciones, para poder tener más ingresos”.
Segundo no quería por nada del mundo que sus hijas tuvieran una infancia tan triste como la suya. Su madre murió cuando él tenía dos años y fue criado por su hermana mayor Carmen. Su padre nunca lo quiso, “porque yo era feo y negrito, prefería a los hijos de tez blanca”. Lo pusieron a trabajar a los 10 años de edad y nunca terminó el colegio.
“Yo fui mamá y papá de mis hijas y ellas con cariño y amor salieron buenas chiquillas. Arrendé una casita en Libertad con Yungay, cerca de donde vive mi hermana y ella me ayudaba bastante. Lorena e Isabel crecieron y se independizaron, pero manteníamos contacto. No les quise contar que con mi pensión básica no podía pagar un arriendo, se pusieron muy caros. Por eso me fui a vivir a la calle”, señala.

Pero todo cambió este 2019 cuando fue seleccionado para el proyecto piloto Vivienda Primero, que entrega casa a personas mayores de 50 años que han estado en situación de calle. Hoy comparte departamento con otro compañero que estuvo en su misma situación. “Aprendí a hacer velas y con eso me las estoy arreglando por ahora. Pero quiero volver a lo que sé hacer mejor que ningún otro: las pelucas”.
Confía en que ahora que la suerte le sonríe, pueda tener otra oportunidad. “Tengo que ir a hablar con la señorita Antonella para que me dé trabajo”, dice confiado este padre ejemplar. “Mi hermana Carmen me enseñó a cocinar, me dijo aprende que algún día te va a hacer falta, y es que no se aprende sólo con caricias”.

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