En el sector Nuevo Amanecer de Linares, José Enrique Troncoso Alarcón (54) sostiene una casa donde casi todo depende de él. La vivienda es húmeda, oscura, con ventanas rotas y ninguna condición para enfrentar el invierno. El sector tampoco es fácil: es una zona compleja, marcada por la precariedad y la presencia del narcotráfico. Para José Enrique, eso significa estar pendiente de lo que pasa adentro y afuera de la casa.

Adentro está su padre, un adulto mayor con diabetes, ciego, sin piernas y dependiente de insulina. Pasa todo el día acostado, cubierto con frazadas. Necesita ayuda para levantarse, comer, tomar remedios, lavarse y pasar el día en su casa en Linares.
—Estoy de cuidador yo. En la mañana tengo que levantarlo, darle desayuno, ponerle la insulina, darle los remedios y cambiarlo de baño. Eso me quita harto tiempo para ir a trabajar. Yo no puedo trabajar estable, solo hago pololitos —cuenta.
José Enrique también cuida a sus tres hijos. Uno de ellos tiene 15 años y una discapacidad intelectual. Estudia en una escuela especial y no se puede quedar solo. Su hija tiene 17 años y cursa tercero medio. Otro hijo, de 22, también forma parte de esta rutina familiar marcada por el cuidado, los trámites, la falta de trabajo estable y las necesidades de la casa en Linares.

Hasta hace un tiempo, José Enrique trabajaba como jornalero. Se dedicaba a labores agrícolas, especialmente en cosechas de temporada. Pero hoy salir a trabajar no depende solo de encontrar una oportunidad. Depende de si puede dejar a su padre y a su hijo al cuidado de alguien. Y la mayoría de las veces, no puede.
—De repente tengo que pagar con la plata de mi papá la luz, el agua, y lo que sobra lo uso para comprar cositas. En el verano trabajo más, porque los días son más largos. Pero no puedo tener un trabajo como corresponde, si salgo mi hijo queda solo y mi papá sin cuidado.
La llegada de José Enrique a esta casa ocurrió cuando supo que su hermana, que había cuidado a su padre por años, buscaba otro lugar para vivir fuera de Linares. Él llamó a uno de sus hermanos para advertirle que su papá no podía quedar solo.
—Le dije: mi hermana se va a ir y va a dejar a mi papá ahí. Y él me dijo que se quedara ahí no más. Pero yo le dije: cómo se va a quedar ahí, si le faltan las piernas y está ciego. ¿Qué va a hacer?
Entonces se hizo cargo.
No fue una decisión fácil. Su matrimonio estaba quebrado, su exesposa se fue al sur y él terminó viviendo con sus hijos en la casa de su papá. Tampoco había una historia familiar simple detrás. José Enrique dice que su padre no lo crio a él ni a varios de sus hermanos, y que por eso muchos no tienen vínculo con él.

—Mis hermanos no están ni ahí con él, porque él nunca nos crio. No hay cariño de papá a hijo, ni de hijo a papá. A mí tampoco me crio, pero a mí me tocó. Yo iba a la iglesia evangélica y sentí como que el Señor me mandó para acá. Y aquí estoy.
El cuidado se fue volviendo cada vez más pesado. No solo por el esfuerzo físico de atender a su padre, también por todo lo que ocurre alrededor: los hijos, la casa, las cuentas, los documentos, la alimentación, la salud y la imposibilidad de trabajar con regularidad en Linares.
—Al principio fue fácil, pero con el tiempo se ha puesto difícil. Uno no tiene tiempo ni para ir a ver a sus parientes. Yo tengo harta familia, pero al final no puedo salir, ni siquiera a los tramites básicos.
El Servicio de Apoyo Familiar de Hogar de Cristo en Linares lo acompaña una vez a la semana en su casa y trabaja con él según las necesidades que van apareciendo. El equipo realiza talleres domiciliarios psicoeducativos, lo orienta para acceder a beneficios y garantías sociales, lo vincula con la red local, lo apoya en trámites y gestiona ayudas puntuales, como kits de alimentos o pañales. También lo acompaña en su reinserción laboral, con apoyo en la búsqueda de trabajo y en la elaboración de su currículum.
El objetivo es claro: no solo ayudar a su padre o a sus hijos, sino también cuidar a quien cuida.
—Ellos me han ayudado harto. A mi padre, a mi hijo, a mí. Cualquier cosita, también me ayudan con papeleos. La ayuda llegó por mi hijo chico, pero al final llegó para todos. Llegó para mi papá, llegó para mí. Yo no sé cómo, pero llegó. Bendiciones no más.

Uno de los momentos que marcó a José Enrique ocurrió este verano. Salió temprano a trabajar en la cosecha de mora y, al volver, encontró una parte de la casa quemada.
—Mis vecinos reaccionaron. Si no, se quema toda la casa. Y se quema el hombre también.
Desde entonces, le cuesta aún más salir.
—No lo puedo dejar solo. Ahora en las vacaciones tengo que estar con él. Si salgo, no sé qué puede pasar. Entonces, si voy a trabajar, mi papá queda solo y mi hijo también. Y si no trabajo, no hay plata.

Esa es la tensión diaria de José Enrique: si sale a trabajar, deja solos a quienes dependen de él; si se queda, no genera ingresos. En una casa con humedad, frío y ventanas rotas, esa falta de ingresos vuelve casi imposible enfrentar el invierno.
La casa necesita arreglos concretos. Faltan frazadas, nylon para proteger la casa de la humedad, ventanas y una puerta. Eso en la emergencia, porque lo que se requiere son reparaciones estructurales, no mejoras decorativas. Son elementos básicos para que la familia pueda vivir con más seguridad, abrigo y dignidad.
—Lo necesitamos urgente son frazadas. Primero estaba yo con mi mamá no más, y después llegaron mis hijos. Ahí empezamos a repartirnos las frazadas. Yo tuve que entregarle mi pieza a mi hija. Hice una pieza atrás, pero tuve que dejarla porque se humedeció todo y me estaba enfermando.
A través del Match Solidario de Hogar de Cristo, esta familia busca reunir esos apoyos. En una casa como la de José Enrique, una frazada significa pasar una noche menos fría. Una ventana significa menos humedad. Una puerta significa más seguridad. El nylon significa proteger una vivienda que hoy no logra aislar bien del invierno.

José Enrique no pide dejar de cuidar. Pide poder hacerlo en mejores condiciones. Pero también reconoce que el cuidado lo ha afectado. Ha sufrido depresión, cansancio y momentos difíciles. Hace tres años dejó de tomar alcohol, una decisión que para él también es parte de mantenerse de pie por su familia en Linares.
—Llevo tres años sin probar una copa. No he probado nada. Y no hay problema, porque igual aquí me apoyo con mis hijos. Conversamos.
Su hija también ayuda en la casa. Apoya al abuelo, le corta las uñas y colabora en lo que puede. Pero José Enrique sabe que la responsabilidad principal sigue recayendo sobre él.

—Tengo que darme fuerza yo mismo. Todos los días tengo problemas. No problemas de peleas, sino que se enferma un niño, que tengo que hacer papeles, que tengo que hacer una cosa, otra cosa. Tengo que hacerlo, porque si yo me echo a morir, se muere el hombre también. Tengo que sobrevivir.