Antes de sentarse a conversar, Ismael Corvalán estaba jugando ping-pong con sus compañeros de curso. La escena ocurría en el Colegio Betania de La Granja. Había una mesa al centro, paletas sonando seco y estudiantes mirando alrededor. No era una exhibición preparada ni una foto institucional. Ismael jugaba tranquilo, sin sobreactuar. En el ping-pong, la gracia no siempre está en pegar más fuerte. También está en leer al otro, cambiar el ritmo, esperar el error y sostener la cabeza fría cuando el rival empieza a perder la suya.
—Yo marco territorio cuando se trata de ping-pong si quiero y cuando no, no.
La comparación con el cine no aparece por casualidad. En Marty Supreme, la película de Josh Safdie protagonizada por Timothée Chalamet e inspirada libremente en el mundo del tenis de mesa y en la figura de Marty Reisman, el ping-pong aparece como algo más grande que un deporte de mesa: es vértigo, obsesión, estrategia y deseo de ser visto.
—La verdad que sí, pero a mí me interesa que siga manteniéndose cómo estamos ahora, más en la diversión que solo en la competencia.

En Chile, el tenis de mesa tiene una escena más activa de lo que muchos imaginan desde afuera: clubes, asociaciones, campeonatos nacionales, torneos máster y competencias comunales de ping-pong. La Federación Chilena de Tenis de Mesa mantiene un calendario 2026 con torneos nacionales, selectivos y actividades federadas durante el año. A ese mundo llegó Ismael hace unos tres años, casi sin plan, cuando cursaba primero medio
—Empecé en primero medio a jugar seguido. Sentía que era una distracción para salir de la casa. Con el ping-pong me sentía visto, validado, era como un escape.
En su casa había tensiones familiares. Sus padres estaban separados y, cuenta, las discusiones entre ellos terminaban cayendo sobre él.
—Siempre hay dramas de madre y padre, discusiones. A mí eso no me gustaba, porque no sabía qué hacer. El tema es que me pasaba la postura a mí. Eso es lo que me desagradaba.
Ismael es el menor. Tiene cuatro hermanos por parte de su padre y una hermana por parte de su madre. Cada uno, dice, “está preocupado de su propia vida”. Por eso, él encontró otra manera de estar en la suya. Así llegó al Parque Inés de Suárez, en Providencia. Ahí empezó a jugar un poco más en serio: llegaba, saludaba, se metía a la mesa. Había gente que enseñaba sin cobrar, jugadores que corregían, otros que simplemente lo dejaban practicar.
—Había un instructor que para mí fue importante. Se llamaba Miguel y le decíamos Taki. Lo conocí en el parque. Yo no sabía quién era ni nada. Uno va, saluda y te dejan jugar. Como son tan buena onda los cabros, se dedican a enseñarte. Entonces yo fui feliz.

Después vino el club, la asociación y las bases tácticas. También apareció un descubrimiento clave: Ismael no juega como todos. Esa diferencia se transformó en una ventaja y le permitió obtener el primer lugar en el torneo regional de San Miguel, donde venció a más de 15 competidores.
—Yo juego con gomas defensivas, con poro anti-top. Eso les da un temor que ni ellos saben cómo es, porque es un juego distinto a lo que siempre juegan. Es más pausado, más táctico, como una especie de esquema.
Habla del ping-pong como quien describe una partida de ajedrez rápida. Para él, la pelota no se gana únicamente con fuerza o velocidad. Se gana con paciencia, efecto, lectura y control. Hay un goce evidente cuando explica lo que pasa al otro lado de la mesa, cuando el rival deja de jugar cómodo y empieza a frustrarse.
—Lo que más me parece poderoso del ping-pong es que te enseña a mantener la cabeza fría. Muchas veces veía cómo mis rivales se desgastaban mentalmente: se frustraban muchísimo. Algunos, incluso, llegaban al punto de quebrarse por completo.
—Sí. Yo decidí jugar siempre con el enfoque de que, si voy a ganar, voy a ganar ocupando estrategia y cabeza. Después te agarran miedo.

Lo dice serio, con una mezcla de orgullo y honestidad adolescente. Aunque sería injusto dejarlo únicamente en la imagen del competidor frío. Ismael también habla del ping-pong como una forma de calma, una entretención, un espacio donde la vida se ordena por un rato.
—Para mí es una entretención. No tanto como los deportistas de alto rendimiento que se dedican 100% a ello, que se frustran porque saben que tienen que rendir más. Quizás en algún momento, si me dedico, sea así. Pero me gusta más tenerlo como un pasatiempo.
En el Colegio Betania, ese pasatiempo también encontró un lugar. Ismael llegó en marzo a Súmate del Hogar de Cristo, donde cursa cuarto medio. Venía de un liceo en el sector de Santa Rosa, y aunque habla de ese lugar con respeto, marca una diferencia: allá no sentía el mismo acompañamiento, especialmente cuando se trataba de su interés por el tenis de mesa.
—El horario era mucho más extenso, hasta las cuatro de la tarde. Pero sinceramente no me sentía tan apoyado con el tenis de mesa, además los profes no te pescaban. La idea para mí, más que sea por el colegio, es disfrutar, hacer deporte.
—Exactamente. También cuando uno tenía algún problema, por lo menos yo no me sentía tan apoyado.

Esa sensación ayuda a entender por qué el acompañamiento puede marcar tanto la diferencia. Súmate trabaja precisamente con jóvenes como Ismael: estudiantes con trayectorias educativas interrumpidas o que necesitan un colegio capaz de mirar más allá de la asistencia y las notas. En Chile, más de 227 mil niños, niñas y jóvenes están fuera del sistema escolar, una cifra que creció con fuerza tras la pandemia y que golpea con mayor dureza a los sectores más vulnerables.
En ese contexto, volver a estudiar es mucho más que sentarse en una sala. También es encontrar adultos disponibles, compañeros, rutinas y espacios donde recuperar la confianza. Y en el caso de Ismael, esa confianza también empezó a aparecer en una mesa de ping-pong. En los torneos, Ismael quiere ganar. En el colegio, además, parece interesado en que el juego siga ocurriendo: que otros se acerquen, prueben, aprendan, se equivoquen y vuelvan a tomar la paleta.
—Porque la idea, si vas a entrenar un deporte, es que también lo disfrutes. Que no se vuelva una exigencia que te pese, que también funcione como entretención, como desahogo.