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Bernardita y la pasión de enseñar

La quinta de los 7 hijos del empresario José Yuraszeck y la historiadora Cecilia Krebs parece modelo, pero no tiene conciencia de su atractivo. Ingeniero comercial y profesora de matemáticas, es casada, madre de dos hijos y dirige una fundación -Impulso Docente- que apoya el trabajo en sala de profesores de escuelas y liceos altamente vulnerables.

Por Ximena Torres Cautivo.

-Aló, ¿profesora Bernardita?

Es un carabinero quien llama a la joven que trabaja en un liceo en la población El Castillo en La Pintana, uno de los barrios más vulnerables de Santiago. Bernardita Yuraszeck Krebs (32), ingeniera comercial de la Universidad Católica y profesora de matemáticas de la Finis Terrae, había enviado a quince de sus alumnos de cuarto medio en micro a una actividad con ejecutivos de una empresa en el exclusivo sector de El Golf. La cita se enmarcaba en un programa de mentoría para intentar dar continuidad a sus estudios técnico profesionales. Varios de los chicos nunca habían cruzado los límites de La Pintana. Así es que se “produjeron” en forma y partieron, sin uniforme, con su look de adolescentes, luciendo sus piercings, peinados, tatuajes. Cuando caminaban por avenida Presidente Riesco, riéndose, hablando fuerte, echando la talla, un carabinero los detuvo y les pidió explicaciones. El subtexto de la sospecha era  ¿qué hacen unos adolescentes así en un lugar como ese?

-Ese episodio me golpeó profundamente y está recogido en una bitácora que escribí durante mis dos años trabajando en ese liceo. Me dolió mucho darme cuenta del nivel de segregación en que vivimos. No podía creer que mis alumnos, por los códigos estéticos propios de su edad, de su medio, de su condición de adolescentes, resultaran tan amenazantes en el barrio alto. Sólo porque no cuadraban en ese sector de Santiago, corrieron el riesgo cierto de ser detenidos y, después de mucho rogar, lograron que el carabinero me llamara para chequear su historia. ¡En qué país vivimos!

La entonces joven profesora, que hoy es directora de Impulso Docente, una fundación que tiene como divisa la frase: “Quien se atreve a enseñar, nunca deja de aprender”, fue elegida por El Mercurio entre los 100 jóvenes líderes de 2018. Junto a sus amigos Raimundo Larraín, Catalina Serrano y Florencia Mingo, todos profesionales de la educación, en 2015 crearon Impulso Docente, que trabaja acompañando a los profesores en la sala de clases para enseñarles técnicas que generen ambientes de aprendizaje sólidos y efectivos. Todo, en escuelas y liceos ubicados en sectores de pobreza y vulnerabilidad extremos… y para maestros altamente estresados, solos y sobreexigidos. Desde el 2015, han entrenado a 2.800 profesores, adaptando el modelo estadounidense de Uncommon Schools al contexto chileno. Además, han implementado un sistema de acompañamiento a profesores en 20 colegios públicos ubicados en 5 regiones de Chile, formando a 120 mentores que acompañan a sus docentes.

-¿Cómo se sintieron tus alumnos de La Pintana después de ese episodio que te marcó tanto?

-Mal, obviamente. Nosotros queremos que ellos logren sobrepasar las barreras de los prejuicios, eso forma parte de entregarles oportunidades reales de desarrollo. Si queremos que sigan estudiando, que no se contenten sólo con sacar el cuarto medio, que para ellos, y sobre todo para sus padres, es ya un tremendo logro, debemos prepararlos para aspirar a más y sobreponerse a  los prejucios y la segregación.

Cuenta el caso de uno de sus mejores alumnos. “Marcelo era importante en la clase. Un protagonista”, dice y comenta lo mucho que le costó convencerlo de que asistiera a un programa de mentoría en una de las mayores empresas de Chile. “Cuando aceptó ir a la entrevista, nos preocupamos de que tuviera un plano, plata para la BIP, pero no llegó. Dejó dos veces esperando al ejecutivo que se iba a hacer cargo de él, siempre con excusas poco convincentes. Finalmente, le dije que iríamos juntos. Ahí me confesó que le daba terror no saber qué decir si dentro de la conversación se producía un silencio. Las oportunidades muchas veces están, pero se desaprovechan por esos temores tan simples, porque los mundos en que vivimos son muy distintos y las caricaturas del otro que nos vamos armando se vuelven más potentes que la realidad”.

A ella también le rondaban temores, cuando decidió trabajar en la población El Castillo. Y a los que la recibieron les pasaba lo mismo. “Lo más potente que aprendí durante esos dos años siendo profesora en La Pintana es lo crucial que son las relaciones humanas para generar igualdad. Los sistemas cambian, cuando las personas cambian. Al comienzo, me daba miedo imaginar qué pasaría si pinchaba una rueda y me quedaba botada en medio de la población. Al poco tiempo, estaba yendo sin ningún temor a la feria del sector, recorriendo el barrio a pie, sin miedo. En el liceo hay un trabajo muy integral, que incluye cuestiones culturales claves, para entender que entre los alumnos hay hijos de integrantes de bandas de narcotráfico y los profesores debemos hacernos cargo de esa realidad. Yo aprendí que las mamás de El Castillo quieren para sus hijos lo mismo que yo para los míos. Eso lo tengo presente todos los días y creo que es clave para que Chile sea un mejor país y recuperemos las confianzas, de manera de lograr cambios sociales reparatorios y significativos.

-¿Cómo te recibieron alumnos y profesores?

-Al poco tiempo, los chicos me comentaban cosas como: “Profe, usted es rubia, alta y habla inglés, ¿por qué mejor no es azafata?”. “Profe, si estudió ingenieria, ¿qué hace aquí, enseñándonos a nosotros? Me veían como una extraterrestre. ¿Por qué está aquí pudiendo estar en cualquier lugar mejor?, era la tónica de sus comentarios. Y yo les hacía ver que no estaba ahí por hacerle un favor a nadie, sino por mi propio desarrollo. Y les insistía en que hay muchos que eligen estar ahí, con ellos. Con los profesores, hubo una cierta resistencia inicial la que se terminó cuando me preguntaron y se enteraron de que yo ganaba lo mismo que ellos, que tenía el mismo tipo de contrato y condiciones. De ahí en adelante, todo fluyó y me dediqué a tener los oídos y los ojos muy abiertos para aprender de ellos.

Sabe que es una privilegiada. “Tengo plena conciencia de que haber nacido donde nací no es mérito mío. Eso me motiva a hacer lo posible porque los demás tengan las mismas oportunidaes que yo he tenido”.

LA MAMÁ DE SUS OJOS

Bernardita Yuraszeck Krebs es la quinta de los siete hijos del ingeniero y empresario José Yuraszeck y de la profesora de historia Cecilia Krebs, hija del Premio Nacional de Historia 1982, Ricardo Krebs, autor del clásico texto “Breve Historia Universal”. El mayor de sus hermanos, José Francisco, es sacerdote jesuita y se desempeña como capellán general del Hogar de Cristo. De su familia, la profesora dice: “Entre Pepe, el mayor, y Margarita, la menor, hay 18 años de diferencia. Somos una familia educada con mucha conciencia del colectivo, donde la regla clave es entender que una no empieza y termina en una misma, sino que se hace con los otros. Somos una familia entretenida, con una enorme diversidad de intereses, caminos distintos y mucha libertad. Fuimos criados sin machismo, sabiendo que todas las tareas deben ser compartidas y que todos debíamos desarrollar al máximo nuestras potencialidades e intereses”.

-Te educaste en el Colegio Los Andes, del Opus Dei, y tu hermano es jesuita. ¿Eres católica?

-Soy cristiana. La entrada de Pepe a los jesuitas, una opción radical que tomó el año 2000, después de haber estado muy comprometido en el trabajo social que hace Techo, me llamó mucho la atención, me quedó resonando. Luego, cuando decidí estudiar ingeniería comercial, siempre supe que lo mío no sería desempeñarme en el retail o en el área financiera.

-¿Cómo viviste el caso Chispas, conocido como “el negocio del siglo”, en el que tu padre y sus socios fueron condenados por haberse beneficiado de la privatización de Endesa?

-Tenía 12 años, estaba en quinto básico, así es que lo vi con mirada de niña. Recuerdo haber visto al papá pasándola muy mal, sometido una tremenda exposición pública, y eso que en esa época no había redes sociales. Fue una etapa dura, intensa, que como familia la pasamos súper juntos.

Bernardita habla rápido. Es intensa y transparente, como sus ojos, que son, por lejos, lo más llamativo que tiene. Mira directo y sus iris son como un caleidoscopio donde predominan tonos verdes, azules y amarillos. Ella misma resume la pasión por la docencia como “una chispa en los ojos”. Y eso, que probablemente le viene por el lado materno y es herencia de su abuelo, la marcó desde muy niña. Dice: “Mi abuelo Ricardo Krebs era un amante de su trabajo y de su rol de formador. No por nada mi mamá y su hermana son profesoras de historia. Él era un hombre absolutamente agradecido y responsable de su vocación”. Recuerda que en los últimos años, inventó una actividad para todos sus nietos. “Nos hacía charlas sobre temas históricos, filosóficos. Era un privilegio. Yo tengo muy presente el contenido del último de esos encuentros que tuvimos. Fue algo así sobre los desafíos de la humanidad, pero el foco lo puso en la crisis de sentido que estaba viviendo la sociedad occidental y lo que significaba ese vacío para el ser humano”.

-¿Y qué rol le cabe a tu mamá en tu pasión por enseñar?

-Cecilia es lo máximo -responde llamando a su mamá por su nombre y los ojos se le anegan. Con la voz entrecortada, responde: -Una de sus grandes gracias es que es disciplinada, matea, pero, al mismo tiempo, humana, acogedora y cercana. Es la principal fan de cada uno de sus hijos y eso da mucha seguridad. No es mucho de piel, de tocar, porque es muy alemana de formación. Ella vivió en Alemania, es full bilingüe, pero sabe vernos, seguirnos, estar atenta a cada uno de sus pollos -resume, completamente emocionada y tratando de explicarse por qué la pregunta la hace llorar y quebrarse. “No sé con qué conectaste”.

Más calmada, habla de la familia que ella y el abogado Luis Alberto Darraidou formaron hace 7 años, después de un pololeo de 5. Lo define como “un gran compañero”. Interesado y participativo del tema pedagógico que a ella le apasiona. “Él sabía quién era Jeremy o Soraya, mis alumnos. Conocía los 40 mundos con que yo convivía en una sala cuando trabajaba en El Castillo”. Juntos hicieron estudios de posgrado en Londres, cuando Lucía, su hija mayor hoy de 5, era guagua. Hoy tienen además un niño de un año y medio, y siguen compartiendo sus respectivos intereses.

-Ahora diriges una fundación, ¿extrañas la sala de clases?

-Mucho. Es que la suma de cosas que pasan en una sala de clases es muy relevante. El día está lleno de gratificaciones, pese a lo agotador de estar exponiendo por horas, del trabajo administrativo, de absorber los problemas tremendos que tienen los alumnos. Los chicos son muy divertidosy estimulantes. Por eso, Impulso Docente trabaja para que los profesores no pierdan “la chispeza” en el aula, que no se les borre el brillo en los ojos cuando hablan de sus alumnos. Y eso lo conseguimos con técnicas de compartir buenas prácticas, de no trabajar aislados, de asumir los desafíos de manera conjunta. En los sectores de alta vulnerabilidad en que trabajamos es clave no etiquetar, sino estimular, y eso debe ser un trabajo coordinado. Uno tiene 40 vidas a su cargo a diario, 40 familias. Ser profesor en aula es un desafío gigante, enseñar no es fácil, pero tiene un valor enorme y es tremendamente gratificante.

Bernardita no se desvía de su objetivo: el apoyo a los profes que trabajan en contextos de extrema pobreza, por eso cuando le preguntamos por la ley admisión justa, dice: “Me preocupa que estemos ocupados de una discusión que toca a un grupo muy reducido. El 85% restante son los demás alumnos, los que no son de excelencia, tienen pocas herramientas, viven en pobreza, requieren ser apoyados y empoderados. Sobre ellos deberíamos estar discutiendo”. Se entiende el mensaje, porque para alguien que ha trabajado con los pies en la tierra, con los que más lo necesitan, lo que importa, como dice ella misma, “es ser más formativos y menos evaluativos”.

Mientras nos despedimos, en los bullentes galpones que albergan al centro de trabajo colaborativo IF Blanco, al pie de sancochado Cerro Blanco, en Recoleta, la joven profe se define como “matea y una lata”. Y cuando le preguntamos por qué la mención de su madre la emocionó tanto hace un rato, vuelve a quebrarse y balbucea: “¡La admiro tanto! Me encanta esa mezcla de fortaleza y sensibilidad que tiene. Es una mujer power”.

 

 

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