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Mamás de jardín infantil en Quilicura:

“Lo que más agradecemos es el apoyo emocional”

Ubicado en una población marcada por el narcotráfico y las balaceras, el jardín infantil Raúl Silva Henríquez del Hogar de Cristo es como un oasis en el desierto. Allí, los padres y apoderados, todos en situación de pobreza extrema, reciben apoyo en mercadería, alimentos e incluso dinero, mientras sus hijos obtienen educación digna y de calidad.

Por Daniela Calderón

28 Enero 2021 a las 15:35

“Aquí la vida es mala, es dura. Hay droga, delincuencia y tráfico. Acá se pasa mal. Hubo momentos en que estaban todos los niños dentro del jardín y fuera tiraban balazos. Es feo, pero las tías siempre han sabido mantener a los niños como en una burbuja donde nada les va a pasar”, cuenta Yessenia Mejías (28), al terminar la sencilla ceremonia de graduación de su hija Catalina, sin público ni parafernalia, que las educadoras de párvulos del jardín infantil Raúl Silva Henríquez de Quilicura prepararon para homenajear a los pequeñitos que egresaban este año y que, debido a la pandemia, no pudieron tener clases presenciales.

Durante la ceremonia, donde cada “graduado” estaba agendado a una hora determinada para evitar aglomeraciones, muchas madres se mostraron preocupadas de finalizar su relación con el jardín infantil, el que no sólo les permitió entregar educación a sus hijos, sino que significó un apoyo social, psicológico y económico, incluso en los meses de pandemia. “El jardín me ayuda harto, ha sido un gran apoyo para mí y mi familia. Las tías nos apoyan en todo. Si uno no tiene ropa o zapatos para sus hijos, ellas se mueven y se consiguen zapatos para los niños. Además recibí ayuda monetaria, me dieron un sueldo por un año, con esa plata tiré para arriba, la ahorré y hace 5 meses pude arrendar un departamento para vivir con el papá de la Cata”, cuenta Yessenia, que antes vivía junto a su hija y siete familiares en una casa de apenas dos habitaciones.

El jardín infantil Raúl Silva Henriquez, del Hogar de Cristo, es completamente gratuito para niños de 2 a 4 años y está ubicado en una población con altos índices de violencia y narcotráfico. Además, es el único que no cobra nada, aparte de los otros 11 del sistema público que funcionan en Quilicura. Por eso, su directora Liliana Santander y cada una de las trabajadoras de párvulos que allí ejercen, dedican todas sus energías a apoyar tanto física como psicológicamente a las familias de cada uno de sus alumnos, todos en compleja situación de vulnerabilidad social.

“Yo llevo siete años en el jardín, primero partí con mi hija mayor y ahora con Samuel, el más chico”, cuenta Camila Bustos (30), que también asistió a la ceremonia de egreso de su hijo, quien hoy con 4 años debe dejar el jardín y necesita un colegio para continuar su trayectoria educativa. “Aparte de la ropa, zapatos y mercadería, lo que más agradezco del jardín y de las tías es el apoyo emocional que nos han entregado, tanto a mí como a mi familia”, cuenta Camila que hoy, gracias a esta contención, decidió estudiar Ingeniería en Recursos Humanos con la gratuidad que beneficia a familias correspondientes al 60% de menores ingresos de la población.

Camila junto a su hijo Samuel y Yessenia y su hija Catalina forman parte de los 32 niños y sus familias que este año egresaron del jardín infantil para continuar su educación en un colegio tradicional, etapa que también es acompañada por el personal del jardín infantil. “Cuando egresan del jardín, apoyamos a las familias en el proceso de postulación online a colegios, además de dar nuestra humilde opinión en relación al tipo de colegio al que debieran postular a sus hijos: escuela de lenguaje, por ejemplo, todo según las características particulares del niño o niña”, cuenta Liliana Santander, directora del jardín desde hace 5 años.

Desde que comenzó la pandemia y pese a que el jardín debió cerrar para evitar contagios, las tías y su directora nunca perdieron el contacto con sus apoderados y sobre todo con sus queridos niños. Fue así que, a través de WhatsApp se organizaron para entregar canastas de alimentos a las familias usuarias del jardín más afectadas con la cesantía producto de la pandemia. “Se hicieron campañas para comprar gas, medicamentos y alimentos para nuestros apoderados. Incluso tuvimos un caso de contagio de COVID de una familia que no tenía ni para comer y no podían salir por la cuarentena obligatoria, a la que ayudamos con alimentos. En octubre empezamos a hacer turnos éticos y en noviembre abrimos de forma permanente. Pero nunca perdimos el contacto con ellos”, agrega Liliana.

Es este apoyo incondicional, el que hoy permite que dos niños y sus familias, ambas en situación de vulnerabilidad social debido al entorno en el que se desarrollan, puedan egresar orgullosamente de su primera etapa escolar, la que para muchos es una de las más importantes para el desarrollo cognitivo, educativo y social de los niños. “Sueño con que mis hijos reciban educación de calidad y tengan mejores posibilidades y oportunidades que nosotros, que tengan mejor educación. Y que no dependan de la plata para poder estudiar”, dice Camila al dejar el jardín. A su lado, Jesenia, que lleva de la mano a su hija Catalina, agrega: “El día de mañana me gustaría vivir en un lugar más tranquilo y que la Cata fuera a un buen colegio, que estudie lo que ella quiera y yo pueda sacar una carrera o un curso que me permita darle todo a mi hija, apoyarla en lo que sea. Quiero que la Cata sea alguien mejor que yo”.

 

 

 

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