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Directora de Comunidad del Hogar de Cristo:

“Estoy convencida de que podemos cambiar el mundo”

Paulina Andrés es ingeniera industrial química pero lo suyo es la ingeniería social. Por eso lleva 5 años trabajando por la causa de hacer de Chile un país más digno y justo. Primero a cargo de los números, como Directora de Recursos, hoy es quien vincula a la comunidad con el quehacer de la fundación a través del Voluntariado individual y grupal, Acción Solidaria, Innovación y colegios y universidades.

Por Ximena Torres Cautivo

“Lo confieso: soy intensa. Mi marido dice que deberían cortarme los brazos, para que no levante la mano, cuando en cualquier reunión piden una voluntaria… No sé de dónde me viene ese impulso, pero lo he tenido siempre, aunque se me acentuó en Estados Unidos, donde como estudiantes de postgrado fuimos considerados low income. Eso nos dio derecho a sala cuna gratuita para mi hija mayor, que nació allá. Y como yo sentía que era injusto para tantas otras mujeres latinas pobres, indocumentadas, solas, que no hablaban inglés y que merecían mucho más que yo el cupo, me ofrecí de voluntaria”.

Paulina Andrés (45), casada, tres hijos, ingeniero civil industrial con mención en Química, desde 2018 es directora de Comunidad en el Hogar de Cristo. Encargada de vincular a colegios, universidades y todo tipo de organizaciones comunitarias con la causa del padre Hurtado, de gestionar el trabajo de Voluntariado, de la Innovación y de Cultura Solidaria. Antes -y durante 3 años y 3 meses-, fue Directora de Recursos, “la mujer de las platas”, pero su naturaleza la lleva más al Word que al Excel, más a lo cualitativo que a lo cuantitativo, más a lo humano que a lo científico. Y así se hace evidente en sus recuerdos del tiempo en que se fue con su marido a acompañarlo en sus estudios de  doctorado en temas ambientales en Berkeley, California, mientras trabajaba a la distancia como ingeniero para una empresa química en Chile.

“Mi amistad con esas mujeres del jardín infantil en Berkeley me tocó el alma; me transformó la vida. Ahí supe que quería cambiar el mundo. No ser ingeniera química; ser ingeniera social. Así lo digo y lo creo. En Chile, en mi primera Ruta de Calle, invitada por el Hogar de Cristo, tuve mi encuentro transformador en la persona de un hombre joven, totalmente drogado, que me dijo: ´Señorita, no le entiendo nada, pero que me mire a los ojos y me escuche con real interés como lo está haciendo ahora, me sirve, me ayuda´. Eso fue ver a Cristo en el pobre, como muchos dicen. Ese encuentro fue decisivo para que yo esté aquí, convencida de que se puede cambiar el mundo”.

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De una delgadez envidiable, alta, gesticuladora, con facha de bailaora de flamenco, Paulina captura la atención de los que la oyen. Por eso, no cuesta nada imaginar “su carrera” de servicio social en Estados Unidos, que culminó en 2007, cuando fue reconocida como Voluntaria del Año por la YMCA (Asociación Cristiana de Jóvenes).  Fue precisamente por su trabajo en el jardín infantil donde asistieron gratuitamente sus niños. “Por nuestros ingresos como estudiante, mi marido, y como trabajadora part time, yo, fuimos considerados low income, pero no nos correspondía. Nosotros en Chile teníamos una buena situación, estudios, viajes, buenos trabajos, redes y yo sabía que lo nuestro era transitorio y que no nos merecíamos ese beneficio, así es que me esforcé en devolver la mano. Con esa comunidad de mujeres y familias latinas pobres, que muchas veces no hablaban inglés, que estaban ilegales y tenían infinidad de problemas de todo tipo, se me fueron cayendo todos mis prejuicios chilenos. Antes yo estaba llena de ellos”.

De regreso en Chile, ya tenía claro que lo suyo no sería la ingeniería y se puso a trabajar en la puesta en marcha de Aptus, una oenegé que trabaja por mejorar la calidad de la educación en colegios vulnerables, donde estuvo casi 5 años. Y, luego, vino la oferta del Hogar de Cristo. Y su encuentro transformador en una Ruta de Calle con ese joven que la obligó a aceptar lo que le estaban proponiendo: encargarse de los Recursos del Hogar de Cristo.

“Lo hice y me empeñé en la tarea, pero ahora sí que estoy en lo mío: a cargo de la Dirección de Comunidad, trabajando para que cada persona vinculada al Hogar de Cristo se convierta en un agente activo por la superación de la pobreza, actuando desde cualquier espacio en el que se encuentre”, dice, Paulina, intensa y apasionada como es. Con más fuerza en estos tiempos complejos, para convocar y engrosar las filas de voluntarios individuales que son casi 5.500 y la de grupos corporativos o institucionales que llegan a más de 20 mil. Y que ella, sabe, seguirán aumentando.

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