Para Sandra Martínez, monitora social servicio domiciliario adulto mayor de Hogar de Cristo en Puerto Montt, fue toda una sorpresa que la participante, Teresa Angélica Pérez pidiera ser alfabetizada. La tarea la asumieron las alumnas en práctica de educación diferencial de la Universidad San Sebastián.
Cada martes, las jóvenes acuden a su domicilio en Puerto Montt para enseñarle a leer y escribir a esta mujer de 69 años que cuidó a su madre enferma hasta el final.

Cada martes. dos alumnas en práctica de la Universidad San Sebastián, acuden a casa de Teresa para enseñarle a leer y escribir.
Sandra cuenta que en el programa de Hogar de Cristo primero estuvo la mamá de Teresa, y cuando ésta falleció, se sumó la hija. “Ambas estaban en viviendas tuteladas, entonces al fallecer la madre, ayudamos a Teresa a postular y obtener el subsidio de arriendo”.
Desde que Teresa está en el servicio de atención domiciliaria, lo primero que manifestó fue su deseo de aprender a escribir.
“Está súper entusiasmada, tiene un excelente ánimo, pese a que tuvo un cáncer. Por eso, nosotros también le ayudamos con pañales”, cuenta la monitora social Sandra Martínez, quien lleva ya 27 años trabajando en la fundación.

Teresa Angélica Pérez y Sandra Martínez, monitora social del servicio de atención domiciliaria de Hogar de Cristo en Puerto Montt.
El analfabetismo es una realidad con la que estos programas se encuentran a menudo a lo largo de todo Chile. Especialmente entre las mujeres mayores.
“Nosotros en Puerto Montt tuvimos la oportunidad por primera vez de contar con alumnos en práctica de la carrera de educación diferencial. Otros años, hemos tenido a practicantes de psicopedagogía. Entonces, dos alumnas de la Universidad San Sebastián van a estar todo un semestre enseñándole a Teresa”.
Teresa Angélica Pérez cuenta que solo estudió hasta segundo básico. Creció en Puerto Montt en una familia conformada por un padre alcohólico, una madre que batalló sola y ocho hermanos.
“Mi papá no traía nada para la casa, era una carga. Mi mamá lavaba ropa ajena y solo estudié hasta el segundo año básico, después ya no me dieron más estudios. Nosotros teníamos que salir por ahí a trabajar. Estuve desde chiquitita trabajando en la calle. Pidiendo limosna también porque pasábamos hambre, éramos ocho hermanos, no voy a mentir”.
De los ocho, solo quedan tres vivos. Teresa nunca se casó y se quedó cuidando a su madre hasta el final. “Nadie se preocupó de mi mami, yo fui la única que estuve al lado de ella todo el tiempo”.
Pese a la enfermedad que la aqueja y a que usa audífonos, sigue trabajando para poder subsistir en la vivienda que arrienda en la población Valle del Sol.

“Hago aseo en otras casas de por aquí, porque si bien tengo subsidio de arriendo, mi pensión es muy básica y tengo que pagar luz, agua, comprar leña y comer. Siempre trabajé como asesora del hogar, pero nunca me pagaron imposiciones. Tampoco supe si mis padres pudieron comprar alguna propiedad”, relata.
Ella y su mamá terminaron recibiendo el apoyo de las viviendas tuteladas.
-¿Por qué quiere aprender a leer y escribir?
-Porque muchas veces por ahí me pasan papeles que una no sabe ni leer, quizás qué cosas le pueden poner. Así que yo me dije: voy a empezar a para conocer más que sea las letras. Quiero escribir mi nombre también, porque en mi carnet escribo mi nombre, pero lo hago como de memoria sin entender.
Cuenta que se las arregló siempre preguntando a otros y trabajando solo en casas particulares, pero que si hubiera sabido leer podría haber exigido sus derechos y que le pagaran sus imposiciones.
“Hace poco pedí un préstamo y mi pensión es solo de 210 mil pesos, tengo que pagar el préstamo y casi no me queda nada. No debí pedir un préstamo”.
Dice que le gusta mucho hacer las tareas y así lo corrobora Bárbara Huenante (22), alumna en práctica de la carrera de Educación Diferencial en la Universidad San Sebastián.

Teresa mantiene en alto su entusiasmo con las clases y es muy aplicada con las tareas.
“Ella está muy motivada. La semana pasada le dejamos tarea para que lo hiciera durante toda la semana, pero hoy llegamos y nos dijo que las hizo todas en un solo día. Eso demuestra lo interesada que está en aprender”.
Ella y su compañera Yerlehin Oporto, reconocen que no es fácil alfabetizar a un adulto mayor.
“Es un desafío, porque uno está acostumbrado a enseñarle esto a niños pequeños. Igual fue algo impactante para nosotras porque quizás, no sé, nos hubiera pedido ayuda en otra cosa como organizar sus compras o algo así, pero que la señora quiera aprender a leer y a escribir, no lo esperábamos”
Para ambas es algo desafiante y emocionante a la vez.
“Ella nos recibió muy bien desde el primer día y su motivación nos tiene también a nosotras muy entusiasmadas. Ahora le vamos a dejar un cuaderno con caligrafía para que pueda trabajar cada día hasta el próximo martes que volveremos”, señalan al despedirse.
HOGAR DE CRISTO INVITA A LAS PERSONAS MAYORES A UNA CONVOCATORIA DONDE PREMIARÁ LA CALIGRAFÍA A PARTIR DEL 27 DE ABRIL. ¡PARTICIPA!