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Eduardo Durán: del ruco en Portales a una nueva familia

Durante siete años, Eduardo vivió en la calle. Llegó ahí después de quedarse solo: murieron su mamá y su hermana, y en la casa que compartían ya no era bienvenido. En la calle aprendió a dormir con un ojo abierto y a cuidar autos para sobrevivir. Hoy trabaja, tiene una familia y una hija pequeña que lo mira mientras estaciona autos, una escena impensada para quien pasó años durmiendo en esa misma vereda.
Por Matías Concha P.
Marzo 9, 2026

—El que nunca ha estado en la calle no sabe cómo es. Es difícil el ambiente que uno conoce, la gente que aparece. Es peligroso -reflexiona Eduardo Durán (60), quien vivió 7 años en situación de calle.

En ese tiempo, aprendió a moverse en ese espacio como quien aprende un oficio. No juntarse demasiado con otros, no deber favores, mantenerse ocupado. Esa decisión, dice, fue lo que lo mantuvo a salvo. La calle tiene sus propios códigos y, cuando alguien llega sin conocerlos, queda expuesto.

—Al que no sabe cómo es la calle, la calle se lo come.

Eduardo encontró una forma de sostenerse: cuidar autos. Con el tiempo, ese trabajo improvisado se volvió parte de su rutina. Eduardo pasaba gran parte del día moviéndose entre los vehículos que llegaban al sector, saludando a quienes ya lo reconocían. Con los años, el vínculo con algunos vecinos fue creciendo hasta convertirse en algo poco habitual para alguien que vive en la calle: la confianza.

—Me pasaban la llave del auto, voy a las casas de ellos a cortar pasto, a hacer aseo. Me tienen una confianza única.

Habla de eso con orgullo. No lo cuenta como una anécdota. Para él es la señal de que incluso viviendo en situación de calle logró sostener algo que Eduardo aún consideraba esencial.

—Mi palabra siguiera teniendo valor, esté en la calle o no.

Ese valor, dice, fue lo que lo ayudó a mantenerse en pie durante años que a ratos se hacían interminables. Porque la calle no es solo frío, calor extremo o hambre. También es el tiempo que pasa distinto, las noches que parecen no terminar nunca, los gritos y las fechas que recuerdan todo lo que se perdió.

—Para Navidad es cuando uno más se acuerda de todo. De la familia, de la casa, de cómo era antes… Yo pensaba siempre en mi mamá. En qué habría pensado si me hubiera visto vivir así, en la pena que habría sentido.

¿VAMOS A TOMAR UNA BEBIDA?

Aun así, nunca dejó de imaginar una salida. Durante años pensó que, si lograba mantener cierta disciplina —trabajar, no meterse en problemas, cuidar la confianza de quienes lo conocían—, en algún momento aparecería una oportunidad.

Y esa oportunidad finalmente llegó.

Fue en el mismo lugar donde había pasado tanto tiempo trabajando. Un día, mientras ordenaba autos en el sector, una mujer llegó para que le lavara el suyo. Eduardo recuerda ese momento con claridad.

—Le lavé el auto y cuando la vi fue como amor a primera vista.

Fue así como llegó Marcela, su actual pareja. Cuando quiso pagarle por el trabajo, Eduardo rechazó el dinero.

—Le dije: “A usted no le voy a cobrar nada. ¿La puedo invitar a tomar una bebida?”

Así empezó todo. Primero una conversación corta, después otra, y luego muchas más. Con el tiempo empezaron a verse seguido. Para Eduardo, ese encuentro fue mucho más que una coincidencia. Lo describe como un punto de inflexión en su vida, algo que llegó cuando ya no esperaba nada distinto.

—Es como un milagro que Dios me puso en el camino.

Marcela se quedó. Y con ella empezó a reconstruir una vida que durante años había parecido imposible. Hoy incluso tienen una hija pequeña.

—Se llama Marcela Florente. Florente por mi mamá.

Mientras habla de ella, Eduardo cambia el tono de voz. La menciona varias veces, como si necesitara repetir su nombre para convencerse de que todo eso es real.

—Ella es todo para mí. Todo lo que hago ahora es para ella.

Hoy Eduardo trabaja estacionando autos cerca del Hospital Clínico San Juan de Dios. A pocos metros, sentada en la vereda, está su hija Marcela Florente. Tiene dos años y juega con un pequeño auto de plástico. Cada cierto rato levanta la vista para mirar a su padre. Él le devuelve la mirada y dice que, después de siete años durmiendo en la calle, todavía le cuesta creer que esta sea su vida.