Geraldine Yáñez (18), Valeria Mesías (17) y Mateo Muñoz (14) se corrigen, se ríen, se interrumpen y completan las frases. A ratos uno empieza una idea y otro la remata; así de bien se entienden. No cuidan cada palabra ni intentan sonar bien. Se nota que, al menos acá, no tienen que pedir permiso para ser quienes son. Por eso decidieron volver a clases.
La mayor del grupo, Geraldine, llegó a Súmate por insistencia de su mamá. Ya habían intentado entrar antes, pero no había cupos. Cuando por fin se abrió la posibilidad, no lo pensó demasiado.
– ¿Cómo fue llegar acá?
–Yo venía con una depresión muy profunda, que empezó porque una profesora me humillaba por mi cuerpo. Ahora usted no lo nota, pero yo era gordita. Y ella me molestaba frente a todos por eso. Al final, lo que más me dolió fue que un día me dijo al oído: “Tú nunca vas a llegar a ninguna parte”.
Ese día no se le olvidó más.

De ahí en adelante, todo se vino abajo: repitió cuatro veces y el colegio se volvió un espacio de vergüenza. Mateo la escucha y asiente. Él también sabe lo que significa entrar a una sala y sentir que el cuerpo no te acompaña. En su caso, el problema no pasaba por una sola frase cruel, sino por algo más constante: el ruido, el exceso de gente, la imposibilidad de concentrarse.
-Yo estaba en un espacio muy cerrado y el ruido desordena mis pensamientos.
-Ansioso -le soplan al lado.
Mateo también venía agotado. Tiene hiperactividad y déficit atencional, y en su colegio anterior eso no encontraba contención, menos en cursos de 42 alumnos, con cuatro paralelos por nivel y una dinámica que, para alguien como él, podía volverse asfixiante. El ruido, el encierro y la sobrecarga lo empujaban rápido a la ansiedad.
-Ansioso, sí… Por eso me pongo los audífonos, para cancelar a la mayoría de los estudiantes.
-¿Tenías amigos?
-No. Eran muy violentos y, como sabían que a mí el ruido me descompone, me gritaban al lado.

-Y eso te lo hacían a propósito -acota Geraldine
Valeria escucha y entra sola, como ha entrado varias veces en la conversación: en silencio, sin ceremonia.
-A mí me daban ataques de pánico.
En ella, todo eso venía mezclado: profesores que la menospreciaban, una depresión que se fue instalando de a poco y una identidad que, fuera de Súmate, todavía tiene que defender.
-Mayormente en mi familia sí lo aceptaron, pero los que no van a aceptarlo son mis abuelos y mi papá. Es que mis abuelas son más retrógrados. Y mi papá como que nació de una familia religiosa, como evangélica.
– ¿Desde qué edad te identificas como mujer?
-Desde los siete años, en el fondo yo siempre he sido Valeria.
En los tres, la salud mental aparece pegada a la experiencia escolar: ataques de pánico, depresión, ansiedad, vergüenza, agotamiento. Todo eso iba junto. Todo eso adentro de la sala de clases. Lo que cambia en Súmate, dicen, no es el ambiente. Es la lógica: acá no sienten que tengan que esconder una parte de sí para poder expresarse.

-Súmate es una experiencia más humana… Acá te respetan -resume Geraldine, a su manera.
-Que eres distinta -completa Valeria.
-La discapacidad también la respetan -agrega Mateo.
-Y si ven que tienes un ataque de pánico, te llevan a un lugar tranquilo, no te dejan botada en el patio -concluye Valeria.
Los tres han vivido historias distintas, pero comparten el mismo alivio: al fin están en un lugar en que una crisis no se castiga, la identidad no se pone en duda y volver a empezar no los condena. Luego, cuando la conversación gira hacia el futuro, el tono cambia. Ya no están hablando de lo que dolió, sino de lo que quieren hacer con lo que viene. Geraldine lo tiene claro.
-Salgo de aquí y a trabajar.
-¿En qué te gustaría trabajar?
-Estética.
Valeria quiere seguir estudiando.
-Lo he pensado desde los cinco años.
-¿Qué te gustaría estudiar?
-Arte, me encantaría encontrar una forma de expresarme.
Mateo también se proyecta.
-Me gustaría estudiar y encontrar un trabajo que se ajuste a los horarios de la escuela.
Después mira al resto y remata con una frase que les saca risa de inmediato.
-¡Trabajen, carajo!
La carcajada vuelve a aparecer justo después de hablar de depresión, ataques de pánico, humillaciones, ruido y rechazo. Y ahí también hay algo importante. No borra nada de lo que contaron, pero deja ver otra cosa: que todavía hay humor, amistad y ganas de imaginar una vida distinta.