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La historia de Jeannette: La cárcel, su hijo y el Papa Francisco

El día que le habló al Papa, Jeannette no estaba pensando en Roma, ni en el Vaticano, ni en la escena que años después iba a seguir pareciendo improbable. Estaba pensando en su hijo. A pocos metros del pontífice, en el Centro Penitenciario Femenino de San Joaquín, la interna elegida por sus compañeras para hablar en nombre de ellas diría, en voz alta, algo que ahí adentro todas conocían demasiado bien.
Por Matías Concha P.
Abril 27, 2026

Jeannette Zurita (43) perdió la libertad cuando Ander, su hijo, apenas tenía dos años.

—Le dije que se sufre. Que el dolor más fuerte no es estar encerradas: es estar lejos de los hijos. Y la culpa, siempre la culpa.

—Poco más del primer año lo pasé en el Patio 1 de la cárcel. Era horrible: pura droga, peleas, no se vivía. Ahí se veía clarito: cuando estaban drogándose, andaban todas en la misma onda, arriba, desordenadas, aceleradas. Pero después venía la bajada. Al otro día era depresión, peleas, algunas se cortaban. Era, por lejos, el momento más peligroso.

Janeth tomó esta foto en su celda dentro de la cárcel. Era diciembre de 2010 y llevaba pocos meses de reclusión.

Janeth tomó esta foto en su celda dentro de la cárcel. Era diciembre de 2010 y llevaba pocos meses de reclusión.

—¿Por qué llegaste a la cárcel?

—Por lo mismo que casi todas las mujeres que están presas: por narcotráfico.

Los números le dan la razón. En Chile, a abril de 2025, había 5.252 mujeres privadas de libertad. De ellas, un 60% cumplía condena por delitos asociados al tráfico de drogas. Entre los hombres, el porcentaje es de 24%.

“A TU PAPÁ LE PEGARON UN BALAZO”

Su historia, de hecho, no parte en la cárcel. Parte el día en que mataron a su papá. Tenía 22 años. Su hermano chico, cuatro. Pasó el 29 de noviembre de 2005, a las 11 de la mañana. Estaba en su casa, tranquila, hasta que sonó su celular. Al otro lado del teléfono, su madre lloraba. Alcanzó a decirle una sola frase: “Hija, a tu papá le pegaron un balazo en la cabeza. Lo mataron”.

Jeannette es la primera de cuatro hermanos. Vivió durante toda su infancia en la Población Pablo de Rokha, en La Pintana. Fueron sus abuelos maternos quienes se hicieron cargo de ella. Su madre era vendedora ambulante y su padre, cuando ella tenía solo 1 año, ya estaba preso por robo.

—Desde que tengo un año pisé las cárceles. Lo vi como algo normal, porque me crie en eso. Recién a los siete me di cuenta de que a donde iba era la cárcel.

Después de que él salió en libertad, abrió un pequeño negocio de muebles y se inició en el narcotráfico, aunque —dice Jeannette— nunca involucró a sus hijos. Ella, de todos modos, ya era lo suficientemente grande para entender lo que pasaba.

Cuando murió, Jeannette quedó con 22 años a cargo del negocio de muebles de su papá. Pero no era suficiente. En 2006, Jeannette comenzó a traficar pasta base en grandes cantidades. No era microtráfico, ella era la que distribuía. Y era rentable: por cada vez que hacía el trabajo obtenía 50 millones de ganancia.

Así sustentó a su familia y compró su casa. Cuando en 2008, a los 25 años, nació su hijo, no le faltaba nada. Jeannette se dividía en tres mundos: la fábrica de muebles, su hijo y el tráfico. Según ella, realizaba la operación solo tres veces al año. Por lo mismo, dice, era difícil que la detuvieran.

Eso hasta el 3 de junio de 2011. Ese día, según el expediente de la causa, la pillaron distribuyendo cinco paquetes con cinco kilos 859,29 gramos de droga. En 2010, había sido investigada por un caso similar. El Sexto Tribunal de Juicio Oral en lo Penal de Santiago la condenó por el delito consumado de tráfico ilícito de estupefacientes a 10 años y un día. Como tenía una causa anterior, la pena fue de 15 años.

“HERMANA, NO PUEDO MÁS”

Y llegó la cárcel. Lo primero fue el Patio 1, donde estaban las condenadas y las internas más refractarias. Las peleas se volvieron habituales. A Jeannette la provocaban porque decían que era una “gatita de chalet”, que era fifí.

—Uno llega con miedo, con terror, con la incertidumbre de no saber nada. Con el miedo de si te van a cogotear, si te van a violar. Me cuestioné por qué, si lo tenía todo listo, no había dejado de traficar. Fue por ambición, querís seguir obteniendo más cosas. Cuesta frenarse.

En los patios conoció cómo se movía la droga dentro de la cárcel.

Jeannette, dice, nunca vendió, solo distribuía. Allí vio en primera persona como las mujeres daban todo por la droga. La ropa que les llevaban sus familiares en las visitas, los artículos de aseo personal, los regalos. En el mismo patio reducían todo. Hasta las bandejas de comida.

—Sentí culpa, sentí miedo, temor a que mi familia cayera en eso. Me chocó mucho ver cómo se pierde la gente con la droga. Entendí que había hecho daño.

Fue un domingo cuando la hermana Nelly León, capellana de la cárcel de San Joaquín, la vio. Jeannette estaba sentada en la capilla, durante la misa, no paraba de llorar. Un día llegó a su oficina y le dijo: “Hermana, no puedo más”.

ESPACIO MANDELA

Al fondo de la cárcel, había un lugar cerrado, olvidado, que quedó convertido en bodega. Ella lo miraba y veía otra cosa. Un lugar donde, al menos, se podía bajar un poco la guardia.

—Yo siempre le decía a Nelly: “Por favor, abramos el Espacio Mandela”. Porque ya estaba ese proyecto, pero no se daba nunca.

Eso hasta el 16 de diciembre de 2013.

Jeannette entró con otras 15 internas a limpiar el lugar. Sacaron cachureos, barrieron, ordenaron y lo dejaron habitable. La hermana Nelly León arregló los baños, compró mesas, sillas, loza, arreglaron las camas, consiguieron máquinas de gimnasia.

—Queríamos pasar la Navidad ahí nosotras. Yo le dije a la madre: “Por último, para poder, no sé, estar una Navidad tranquila”.

La hermana Nelly consiguió las cosas, ellas cocinaron y por primera vez en mucho tiempo el encierro aflojó un poco: duchas limpias, agua caliente, una cocina limpia, refrigeradores, baños dignos.

Nelly León, capellana de la cárcel de mujeres, en la inauguración del Espacio Mandela

Nelly León, capellana de la cárcel de mujeres, en la inauguración del Espacio Mandela

Después del Patio 1 y del respiro que encontró en Espacio Mandela, vino otra etapa del encierro: en 2017 fue trasladada a uno de los Centros de Estudio y Trabajo de Gendarmería, por su buena conducta.

—Me puse a estudiar y saqué una carrera de cosmetología y estética profesional.

Las exigencias para ella, al igual que para todas las estudiantes, eran las mismas. Debía pagar matrícula, mensualidad y materiales. Pero la hermana Nelly la ayudó: fue su aval, juntas consiguieron una beca y en el instituto incluso le regalaron su primer kit de materiales.

—¿Cómo iba todo con Ander?

—Él tenía como siete años y medio, ocho. En esa época me empezaron a dar permisos y me los tomaba un fin de semana mensual. Empecé de a poquito a reconstruir el vínculo, los hijos pasan la cuenta, de una u otra forma.

MI MAMÁ FUE MI ABUELITA

—¿En qué sentido?

—Me decía que yo lo haya dejado botado, que lo había dejado solo. Y el reclamo que siempre te dejan: “Tú no sois mi mamá, mi mamá fue mi abuelita”

Entre permisos, fines de semana y ese vínculo que se iba armando despacio, Ander también empezó a ver otra parte de su mamá.

—El Ander se dio cuenta de que uno puede cambiar la vida, uno puede dar un vuelco, puede cortar las cadenas. Que se puede trabajar, estudiar y salir adelante de una manera honrada.

—¿Cómo está hoy la relación?

—Yo puedo decirte que recién estoy como firme con mi hijo, ahora que tiene 18 años.

Jeannette celebra su primera comunión junto a su familia y Ander, en la cárcel de mujeres de San Miguel.

Jeannette salió con una carrera en octubre de 2020, tenía un oficio, ganas de trabajar y otra mentalidad, pero también cargaba con algo que en Chile sigue pesando como una segunda condena: los antecedentes.

—La primera vez que yo salí a trabajar, en el primer centro que trabajé, la persona sabía que yo estaba privada de libertad. Entonces ella me estaba esperando, yo todavía no salía y ella ya me estaba esperando con ese trabajo. Después, cuando pasé a otro segundo trabajo, ahí me pidieron papeles y yo me hice la loca, hasta que no los entregué. Ahí duré tres meses nomás.

—¿Estás trabajando ahora?

—Ahora, en el trabajo que estoy ahora, me cambié hace poquito, en enero, y me pidieron papeles de antecedentes. Yo estaba aburrida de siempre mentir, de siempre hacerme la loca. Hablé directamente con la jefa y le dije: “¿Sabes qué? Tengo antecedentes por esto, esto y esto, pero yo llevo un tiempo acá afuera, yo he hecho un cambio”. Y ella me dijo que no había problema, fue liberador.

El coro de la cárcel, durante el viaje a Chiloé.

El coro de la cárcel, durante un viaje a Chiloé.

POR MÍ Y POR TODAS MIS COMPAÑERAS

En abril de 2015 se comentaba que Francisco podía venir a Chile y Jeannette, sentada a la mesa con la madre Nelly en el Espacio Mandela, lanzó una promesa imposible.

—Le dije: “Si el Papa llega a venir a Chile, yo me hago monja”.

Ocho meses después, en una misa de Navidad de 2015, la broma empezó a dejar de ser broma. Frente a monseñor Ezzati, Jeannette hizo una petición concreta:

—Le pedí, frente a todas: “Queremos hacerle una petición. Le queremos pedir que si alguna vez el Papa pisa tierra chilena, usted lo traiga al CPF, al Centro Penitenciario Femenino de San Joaquín”.

La visita se confirmó en junio de 2017. Aquella petición hecha en voz alta ya no parecía imposible. Y Jeannette, que había sido la primera en pedirlo, terminó elegida para hablar en nombre de sus compañeras.

El 16 de enero de 2018, Jeannette habló desde el lugar donde había vivido casi diez años y medio. Y habló, también, desde su propia vida.

—Le dije: “Papa Francisco, entendemos que por nuestras malas decisiones arrastramos a nuestros hijos a vivir presos. Presos de sus sueños truncados, porque se vuelven hijos del hierro para salir adelante solos, y con ello los obligamos a cometer los mismos errores que sus padres. Hoy, vivimos con la esperanza en nuestros corazones de que esto es sólo una etapa, y que pronto terminará. Le pido en nombre de todas las privadas de libertad que ore por nuestros hijos y por nosotras, que le pida a Dios que tenga misericordia por todos los niños y niñas que tienen a sus padres presos, porque ellos están pagando una condena que sin querer les dimos”.