“No me imagino un país civilizado donde el Estado no invierta fondos en la formación de sus trabajadores”. La frase es de Jorge Gaju, director ejecutivo de Fundación Emplea del Hogar de Cristo.
No suena exagerada cuando se pone sobre la mesa el dato duro: en Chile, más de 1,8 millones de personas no están trabajando y cerca de 5 millones de adultos no han terminado el colegio.
En ese escenario, la eventual eliminación de la franquicia tributaria del SENCE —el principal mecanismo de financiamiento de la capacitación laboral— deja de ser una discusión técnica o tributaria. Se convierte en algo más básico: qué herramientas reales tiene hoy una persona pobre, y sobre todo una mujer, para intentar entrar al mundo del trabajo.
Hoy, por cada 100 personas que quieren capacitarse, solo 9 lo logran. Eso antes de cualquier recorte. En Chile, aprender un oficio sigue siendo un privilegio. Mientras la educación superior concentra recursos por sobre los US$2.200 millones al año, la capacitación laboral estatal no alcanza ni a los US$30 millones.
En ese contexto, el eventual fin de la franquicia tributaria del SENCE abre una pregunta de toda lógica: ¿qué pasa cuando un país decide, simplemente, dejar de formar a su gente?
Porque aquí no estamos hablando de Excel avanzado ni de diplomados para ejecutivos. Estamos hablando de mujeres —sobre todo mujeres— que buscan su primer empleo formal, muchas veces después de años fuera del sistema, criando, cuidando, sobreviviendo. Y que hoy, en la práctica, casi no tienen dónde capacitarse. De este riesgo en ciernes hablamos con el ingeniero Jorge Gaju, director ejecutivo de Fundación Emplea en Ojos que Sí Ven.

Jorge Gaju, director ejecutivo de Fundación Emplea, estuvo entrevistado en Ojos que Sí Ven, de Cooperativa.
—Hola, Jorge Gaju. ¿Podrías explicar en simple en qué consiste la franquicia tributaria SENCE?
—Uno de los instrumentos que tiene el Estado para la formación de trabajadores y de personas que buscan trabajo es un beneficio que se les da a las empresas. Consiste en poder gastar hasta el 1% de lo que pagan anualmente en remuneraciones y destinar ese porcentaje, ese monto, a capacitaciones de gente que está trabajando con ellos o que podría estarlo y, bajo cierto rango y ciertas condiciones, se les reembolsa el total de esa inversión como un beneficio tributario.
El mecanismo tiene fallas. Nadie lo niega. Casos de abuso, cursos de dudosa calidad, recursos mal utilizados. Todo eso es real. Pero también lo es otra cosa: que para miles de personas es la única puerta de entrada al trabajo.

Jorge Gaju reconoce que con la franquicia ha habido opacidad y frescura de algunos, pero no en el caso de Emplea y de otras instituciones que cuentan con infraestructura y son fiscalizados en hasta el número de galletas de los coffee break de sus cursos.
En Chile, por cada 100 personas que quieren capacitarse, solo 9 lo logran.
La cobertura alcanza apenas al 0,3% de quienes lo necesitan.
No parece, precisamente, un sistema sobredimensionado.
—¿Cómo te explicas que, con este escenario, se esté planteando eliminar este instrumento?
—Entiendo la situación del ministro de Hacienda, él tiene un mandato, tiene que recortar gastos y este es uno de ellos. Pero yo no me imagino un país civilizado en donde el Estado no invierta fondos en la formación de sus trabajadores Busquemos el mecanismo que quieran, si es la franquicia corregida, si es un instrumento nuevo, bienvenido, pero ahí está la clave. No es razonable dejar un país sin formación para sus trabajadores. Y en lo que le toca a Emplea, particularmente a las personas que están buscando trabajo. Hoy día hay mínimas, poquísimas herramientas que permiten eso fuera de esta franquicia.
Fundación Emplea del Hogar de Cristo trabaja cada año con entre 4.000 y 5.000 personas en situación de vulnerabilidad. El 80% son mujeres. Mujeres que llegan con trayectorias educativas interrumpidas, con baja escolaridad, muchas veces sin experiencia formal. Mujeres que, sin estos programas, simplemente quedan fuera.
—¿Qué pasa con ellas si desaparece esta herramienta?
—Para quienes buscan trabajo dejarlos sin ese instrumento es cortarles las pocas posibilidades que tienen y eso es lo que hoy día necesitamos resolver.
Porque cuando el sistema funciona —cuando funciona bien— el impacto es concreto: la empleabilidad sube en más de 20 puntos y los ingresos pueden aumentar cerca de un 80%.
Pero más allá de los números, hay algo más difícil de medir. La primera vez que alguien entra —de verdad— al mundo del trabajo. “El trabajo tiene la maravilla de cambiarle la vida a una persona en un mes”, dice el director de Emplea.
Lo que hace Emplea no son procesos largos ni sofisticados. Son capacitaciones breves, enfocadas, diseñadas según lo que las empresas necesitan.
Logística. Bodega. Ventas. Fibra óptica. Grúa.
-Muchas veces no necesitamos grandes oficios, no necesitamos que la gente esté meses preparándose en algo, necesitamos que aprenda la competencia precisa que la empresa está buscando para que encuentren pega.”
Y ahí aparece otra dimensión del problema. Empresas que han trabajado con estos programas reportan menos rotación, menos ausentismo, mejores indicadores de calidad. En definitiva, mayor y mejor productividad.

La crisis del empleo femenino, en particular entre las mujeres jóvenes, es gigantesca. Por ellas, por su capacitación y sus oportunidades, aboga Jorge Gaju. AGENCIA BLACKOUT
Pero ese efecto rara vez entra en la discusión pública.
—¿Ha habido abusos con esta franquicia? ¿Se requiere corregir el sistema?
—Sí. Y va a ser una muy buena noticia que se corten los abusos, pero no eliminando el instrumento, sino incorporando facultades de fiscalización a la autoridad que corresponde. Pero si todo el año 2027, por ejemplo, nos quedamos sin capacitación, ese año se perdió.
Gaju no lo plantea como una consigna, sino como algo bien concreto: un año sin capacitación es un año sin aprendizaje, sin experiencia, sin esa primera línea en el currículum que después abre otras puertas.
— Necesitamos una gradualidad que nos asegure que no vamos a perder un año. No puede salir más cara la vaina que el sable.
—Usted plantean que se cambie lo que se requiera cambiar, pero de manera gradual.
—Si tú me preguntas qué es lo clave, en primer lugar que no podemos dejar sin formación a los grupos más vulnerables. Eso es lo primero, no se nos puede olvidar eso. Y eso solo se va a lograr en la medida en que el mecanismo que encontremos sea ágil y sea flexible y recoja lo que necesita el empleador y el trabajador. Ambas puntas.
Y entramos a un terreno del que poco se habla: los llamados cargos de entrada.
—Claro. Hoy las empresas dedican muchos recursos a los cargos ejecutivos, a reclutar jefaturas. Pero no se ocupan de los cargos de entrada, que son los más básicos. Y eso es clave. Porque ahí es donde, eligiendo al trabajador correcto, reduces la rotación, el ausentismo, las faltas de competencia.
Lo explica con un ejemplo concreto.
—En una empresa con la que trabajamos formando técnicos en fibra óptica, a los seis u ocho meses nos dijeron: la gente que llegó por Emplea tiene un 10% menos de ausentismo, un 10% menos de desvinculación y mejores indicadores de calidad. Y eso lo tenían medido en plata.
No hay mayor ciencia, en el asunto. Es simple y así lo explica el director de Emplea:
—No es ningún milagro. Tú fuiste a buscar a esas personas, buscaste a los que querían trabajar, los preparaste y les diste una oportunidad. Es lógico que van a ser mejores trabajadores.
Son esos trabajos donde muchas veces el jefe no alcanza ni a aprenderse los nombres. “Las quejas en esa empresa eran: no puedo más con la rotación, no me sé los nombres de la gente. Puede parecer menor que ahora se los sepa. Pero cuando ves el impacto en productividad, te cambia la mirada”.
—Cuando hablas de cargos de entrada, en el fondo, estamos hablando de los más básicos.
—Sí. Pero ahí está la base de todo. Si el Estado de verdad quiere que las empresas mejoren su productividad, esto, que parece, un detalle es clave.
En esos puestos es donde llegan las personas con las que trabaja Emplea y que requieren a gritos una oportunidad de capacitarse. “Son personas que no terminaron el colegio, porque muchas veces tuvieron que trabajar o cuidar a otros. Y que, por eso mismo, tienen un gran sentido del deber, son responsables, perseverantes. Son gente muy valiosa”.
Y vuelve al punto inicial.
“Hay que darles la oportunidad de capacitarse, no quitárselas”