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Sigrid Navarrete: “Sentía que no era merecedora del amor de nadie”

Tras una infancia de carencias y una juventud marcada por la inestabilidad, esta joven madre rompió el círculo de la pobreza de la mano de Fundación Soy Más. Hoy es una mujer autónoma que conquista el mundo tecnológico y se quiere a sí misma. En Hora de Conversar, conmovió con su historia de superación y resiliencia.
Por Ximena Torres Cautivo
Mayo 1, 2026

Sigrid interrumpe la entrevista al aire. Necesita un pañuelo, sonarse, contener los recuerdos que se licuaron y se convirtieron en lágrimas.

Cuando lo hace todo nos miramos: camarógrafo, entrevista y entrevistadora. Todos estamos con los ojos vidriosos y un nudo en la garganta. Ella pide disculpas por haberse quebrado.

Y explica:

-Cuando me enteré de que estaba embarazada, mi primer pensamiento fue: ¡Qué nombre le pondré?, no fue: ¡Oh, ¡qué voy a hacer! Es muy extraño, porque antes de ella, yo sentía que mi vida no tenía sentido. Pensaba que yo no era merecedora del amor de nadie. Me preguntaba cómo si las personas que me hicieron, que me dieron vida, no me amaban, quién más podría hacerlo. En esas circunstancias, yo misma no me quería y vivía en un verdadero espiral de autodestrucción. Probaba cosas que no debía, me ponía en situaciones peligrosas, me juntaba con gente dañina, que me hacía mal.

Conmovedoramente honesta es Sigrid Navarrete, la hoy competente experta en datos de una empresa tecnológica.

Con una lucidez notable, la hoy experta en datos Sigrid Navarrete (26), mamá de Astrid (5), está contratada por una gran empresa, fue invitada a Silicon Valley, sueña con trabajar fuera de Chile y es absolutamente autónoma.

¿Lo mejor de todo? Se quiere y cree en sí misma. Formada en Fundación Soy Más, nos contó su historia en Hora de Conversar.

EL LABERINTO DE LA CARENCIA

-Mi vida era bastante diferente antes de entrar a Fundación Soy Más”, comienza Sigrid.

Su infancia estuvo marcada por una inestabilidad que conmueve: violencia, pobreza y una estructura familiar que ella define sin rodeos como “muy disfuncional”.

Unos años con la mamá, otros con el papá, otros con hermanos o tías que hacían “una vaquita” para comprarle los útiles escolares. Iba de La Pintana a Conchalí, de Conchalí a San Ramón. Se recuerMe da siempre chascona. Nunca nadie la peinó.

A los 9 años, Sigrid ya conocía el valor del esfuerzo. Su primer trabajo fue en la feria, vendiendo cosas usadas que a su madre le regalaban en su trabajo como asesora del hogar. “Con eso, yo pagaba a una persona que me llevara al colegio, en un furgón. Y el resto para la casa”, recuerda. Logró terminar la enseñanza media en un liceo “dos por uno” y entró a la universidad a estudiar Pedagogía en Historia con gratuidad. Parecía el inicio de la fantasía del ascenso social, pero la realidad la golpeó.

-No funcionó para nada. Me faltaba plata para el pasaje; o era el pasaje o era una colación. No tenía internet, no contaba con un computador bueno. Tampoco tenía red de apoyo”.

Recuerda haberle pedido ayuda a su jefa de carrera al no tener dónde dormir. La respuesta fue un paquete de galletas. “Cosas así te tiran más para abajo. Es muy difícil construir una autoestima cuando todo lo que conoces es ese hoyo”.

ASTRID: EL MOTOR DEL CAMBIO

Sigrid Navarrete es alta, muy alta. Flaca, muy flaca. Tiene unos grandes ojos color té. Transparentes y expresivos. Es muy pálida, dueña de una piel preciosa. Viste de blanco y negro. Parece modelo. En el pecho, sobre el escote tiene un gran tatuaje. Pienso que son alas de murciélago, pero ella me explica, reconociendo que la escritura en bien gótica: “Fíjate: ahí está escrito el nombre de mi hija, Astrid”.

En 2019, entre el estallido social y la precariedad total -llegando incluso a vivir en una casa okupa-, Sigrid quedó embarazada.

-Fue un periodo muy difícil física y emocionalmente. Mi mamá no me ayudó nada, casi no nos hablábamos entonces. El padre de mi hija tampoco era un refugio; la nuestra era una relación “poco saludable”, basada en la carencia.

Ya nos contó, Sigrid el remezón total que representó la llegada de Astrid a su vida. Y explica que nunca puede contar ese acontecimiento sin emocionarse. Fue haciéndolo que se quebró y lloramos todos.

Su parto no fue fácil. Así lo recuerda:

-Astrid nació en pandemia, en el Hospital Padre Hurtado, en un parto difícil. Me sentí ignorada y maltratada por el sistema de salud. Mi mamá me había aconsejado: “Mira, lo único que tienes que hacer es no gritar para que te traten bien”. Pero el dolor era tan intenso, que obviamente grité y realmente me ignoraron. Me decían cosas como “no te gustó hacerlo, ahora apúrate o tu guagua se va a morir”. Fue parto natural con episiotomía, procedimiento que desconocía y de lo cual no me informaron. Hubo manipulación con fórceps… Fue realmente maltrato obstétrico.

Dentro del dolor, ella ya tenía el nombre decidido para su niña: Astrid. “Es de origen eslavo, y significa la que trae la luz”.

-Una vez que nació mi hija confirmé que el sentido de mi vida era ella. Sentí que ella me enseñaría lo que es el amor, que yo lo viviría a través de ella. Esa es mi labor: darle lo mejor, entregarle una vida totalmente diferente a la mía.

EL GIRO TECNOLÓGICO

La salvación llegó con una llamada de Margarita, trabajadora social de la Fundación Soy Más. Sigrid vendía ropa usada en la feria, que era lo que sabía hacer para sostener a la pequeña Astrid.

Al principio, desconfió —”era muy bueno para ser verdad”—, pero al llegar a la sede en La Pintana y ver lo que llaman “la salita de apego” donde cuidarían a su hija, mientras ella estudiaba, supo que era real.

Allí no solo aprendió técnica, sino que se sanó. “Había terapias grupales, un programa de ‘Proyecto de Vida’. Nos ayudan a proyectarte”.

Bárbara Etcheberry es la fundadora de Soy Más y admiradora acérrima de Sigrid Navarrete.

Fue Bárbara Etcheverry, creadora de la fundación, quien la empujó al mundo de la tecnología. “Para mí esto era chino”, confiesa Sigrid. Pero se atrevió. Entró como practicante a Microsystem. Hoy, tres años después, su realidad es irreconocible. Lo resume así:

-Tengo independencia. Vivo sola, dejé atrás la casa de mi mamá y la relación con el padre de mi hija. Vivimos en un lindo condominio. Mi hija tiene su propia habitación, algo que yo nunca soné tener.

Gracias a una beca, Sigrid viajó a Estados Unidos. Pasó de la población a los pasillos del MIT, a Harvard y a las oficinas de Google y Microsoft en Silicon Valley. “Estar en la torre de Salesforce en San Francisco fue algo que nunca pensé vivir; nunca me había subido a un avión”.

Hoy, cuando Sigrid mira a Astrid, de 5 años, no ve el reflejo de su propia infancia retraída y descuidada. Ve a una niña sociable, empática y saludable que aprendió a caminar en la fundación mientras ella se capacitaba. Se formaba y se reconstruía. “Astrid es como una bola de energía que va esparciendo por donde pasa. Me sorprende todo lo que sabe para su edad. Es increíble”.

-¿Eres feliz, Ingrid?

-¿Si estoy feliz? Sí. Me siento recuperada.

Incluso la relación con su familia se ha recompuesto desde un lugar más sano. “No justifico lo vivido, pero lo entiendo”, afirma.

Sigrid Navarrete ya no da bote por las comunas del sur de Santiago. Ahora camina con paso firme hacia su sueño: terminar la carrera que está estudiando, crecer en el mundo de Salesforce y, sobre todo, seguir asegurándose de que la luz que Astrid trajo al nacer nunca se apague.